QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

En el pueblo, el porcino era después del ovino la ganadería más importante para el abastecimiento y la venta. En torno a ello hay que comentar ciertas vicisitudes, como eran el llevar la cochina al verraco para intentar que se cogiera, llevar a comprar o vender los cochinillos faltantes o sobrantes, o llevarlos al mercado para su venta. Esto último era toda una odisea conseguir hacer trato entre un nutrido grupo de tratantes. En el pueblo tenía verraco el tío Mauricio y a su corral se encaminaban frecuentemente las cerdas que estaban salidas para montarlas el semental. A cambio había que pagarle un dinero por el servicio prestado quedase o no preñada. Cuando el semental dejó de existir se llevaban las cerdas a Matanza, pueblo que se halla a 7 kilómetros de Quintanilla. ¡Y cabía la posibilidad de que fuera en balde!

 

Con la cerda del berraco 

 

Cuando paría una cerda había que estar al cuidado día y noche para que los cerditos se sintieran seguros y protegiodos de la madre, no fuera el caso de que los pisara o los mordiera. Algunas noches en vela para que no hubieran indicendias. Lo de llevar los cerdos a vender al mercado de San Esteban de Gormaz o al del Burgo de Osma era otra aventura para contar. Si había suerte y compraban la lechigada era toda una bendición, de lo contrario había que volver a la semana siguiente o probar en el de la otra villa. Pero lo cierto es que el porcino era uno de los medios de sustento más considerables con que podían contar los habitantes del pueblo. La matanza del cerdo era media vida. Morirse una cerda suponía un varapalo considerable del que no resultaba fácil sobreponerse.

 

Corral de las ovejas

O aprisco, o taína, como también se les conoce, era la estancia o estabulación donde se recoge a las ovejas. Los hay dentro del pueblo y en el campo. Hoy en día apenas quedan unos cuantos en pie pero a mediados del siglo pasado había al menos una docena para encerrar al ganado. El corral del Cerro, el del Monte, el de Cerro Campana, el de la Umbría, el de Cerro la Cruz, el de Valdelpollo, el de la Atalaya, el de la Floriana, el del Montón de trigo… Por doquier estaba salpicado de corrales. Es cierto que entonces había muchos rebaños de ovejas y hoy sólo quedan dos. Tal es el motivo de que se derrumben y no se vuelvan a levantar. Antiguamente las ovejas dormían muchas noches en estos corrales cuando a principios de abril, una vez que los corderos habían destetado, se las echaba al campo y ya no volvían al pueblo, salvo excepciones, hasta diciembre.

Tanto los corrales del pueblo como los del campo tenían estructura parecida con la salvedad de que estos últimos tenían un espacio abierto al raso. Se construían de  cuatro paredes y una techumbre de tejas. Los corrales del pueblo, interiormente tenían unas pesebreras donde se les ponía la paja y el grano y unas talanqueras para poner la alfalfa u otro forraje.

La diferencia era que los corrales del campo servían para recoger el ganado por la noche y para protegerlo en caso de peligro, como podía ocurrir con las inclemencias de la  meteorología.

En tiempo de paridera las ovejas, como queda dicho, venían a dormir al pueblo. Por la noche, antes de ir a dormir, existía la costumbre de ir a dar una vuelta para ver si estaba todo en orden o si había alguna oveja que estaba de parto.

Odiseas, mil, anécdotas, otras tantas. La vida del pastor era muy dura soportando todo tipo de inclemencias y riesgos. Lo veremos cuando hablemos de su vida.    

 

Corral de las gallinas

Cuando había oportunidad de separar las gallinas de la estancia de la casa, se destinaba un corral para su acogida. Al igual que los demás corrales tampoco tenía una estructura diferencial sino que podía ser un corralillo cualquiera o parte de la estancia de uno más grande. Aquí campaban a sus anchas porque podían salir al exterior libremente o estar  recluidas en lo que era el raso del corral. Al salir de la casa, las gallinas dejaban tras de sí el característico olor que emanaba de su entorno. Pero contraían un peligro que quizá nunca hubiera acaecido en el interior de la casa: el de la visita del zorro, de cuatro patas y de dos, todo hay que decirlo, porque a los mozos se les echaba más de cuatro culpas, que según ellos no sabían nada del asunto.

 

 

 

 Pitas, pitas, a recogerse (De la Rosa)

 

El aislamiento conllevaba la exposición a que la raposa pudiera hincar los dientes con más facilidad, y de hecho ocurría. Recuerdos quedan de las visitas de la raposa al corral que en ocasiones mataba a un par de ellas pero que en otras dejó un paisaje espeluznante matando a la mayoría, aunque apenas se comiese un par. En tal caso quedaba el consuelo de poder aprovecharlas escabechándolas  y así tener para comer durante una buena temporada. Pero se quedaban sin huevos. Como reprimenda se intentaba pillarlos en las bocas, a las que se les daba humo, para vengarse por la fechoría, aunque no resultaba fácil.  

 

Pajar

 

Corral típico de adobe destinado a pajar

 

Un corral como otro cualquiera con la única singularidad de que en él se depositaba la paja del cereal. Por lo general el espacio solía ser amplio pues la paja era muy utilizada en la vida diaria del campesino para alimentar al ganado, para echar camas nuevas, o para cualquier otro menester. Una de las tareas diarias de los chicos era ir a por la paja con el saco a la espalda. Pero del pajar quizá el recuerdo imperecedero de todos aquellos que en su momento tuvimos que vérnoslas con su desembarco era pisar la paja dentro del pajar cuando se descargaba desde el carro. Teniendo en cuenta que había que introducirla por una boca de reducidas dimensiones y que el picor aumentaba a medida que el ambiente interior se hacía cada vez más irrespirable, poder contener la respiración era una proeza. Quizá peor que meterse dentro de la cuba para lavarla.

El pajar podía ocupar un solo edificio o ser una parte de otro que acogía otros fines. En la actualidad este tipo de corrales, ya en desuso, se encuentra en trance de desaparición y la mayoría de los edificios en ruina.  

 

Corral del carro

 

Construcción típica con puertas carreteras

 

Dejar a la intemperie una carrocería como el carro que resultaba imprescindible para las tareas cotidianas del campesino, era exponerse a ver deteriorado un bien mueble de gran utilidad. Así que era cuestión de buscarle un cobertizo para resguardarle de las duras y contrastadas temperaturas. A quien no tuviera disponible un corral podía servirle una techumbre, pero era cuestión de resguardarlo de manera más íntegra. Los adobes que todo lo arreglaban tenían por delante la posibilidad de hacer un edificio para guardar el carro. Y ello ocurría cuando el sufrido campesino de Quintanilla tenía tiempo para amasar el barro y hacer los adobes y disponía de un solar donde edificar. Por lo general los corrales del carro se hallaban (hoy todavía tenemos constancia) en la parte externa del pueblo. Se ha dicho que el edificio no tenía distinción alguna que lo diferenciara del resto de construcciones pero sí se apreciaba considerablemente por las dobles puertas carreteras de que hacía gala.    

  

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