QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Fiestas patronales 

 

 

 

 Representación folklórica con trajes típicos sorianos 

 

Santificar las fiestas ha venido siendo un precepto que todo ser humano había de cumplir, especialmente en el ámbito rural. En Quintanilla el calendario festivo se regía a rajatabla por el expreso mandato o prohibición de trabajar bajo la reglamentaria multa. Tampoco se trataba de hacerle ascos a los ratos de ocio y esparcimiento. En los apartados de Semana Santa y Tradiciones quedan descritas muchas de estas fiestas conmemorativas y sus tradiciones por lo que aquí nos limitaremos a comentar las fiestas patronales.

 

Atalaya y Ascensión

Antiguamente, el pueblo tenía establecidas dos fiestas propias, la principal en la que se conmemoraba a la Virgen de la Piedra, y la secundaria que coincidía con la Ascensión. De esta última apenas comentaremos poco más de lo que queda dicho en la tradición de la Atalaya, que formaba parte de la fiesta. De los dos días que duraba la celebración,  el  primero se conmemoraba el día de la Atalaya y el siguiente día coincidía con el de la Ascensión, un día de especial consideración. Ya lo decía la vox pópuli: tres días hay en el año que relucen más que el sol, Juevesanto, Corpus Christi y el día de la Ascensión. En este estado de máximo esplendor santoral se disponía a celebrar el pueblo la primera de sus dos fiestas y lo hacía con el lógico alborozo que despertaba el radiante mes de mayo. La fiesta de antaño se limitaba a la misa, los juegos populares y la música. La devoción, y más en un mes donde se podía jugar la suerte de las cosechas, era uno de los ingredientes básicos en la celebración de la homilía. Los juegos populares acaparaban también parte de los dos días, y la música era el condicionante fundamental que añadir para darle alegría al cotarro. El lógico ambiente desatado contrastaba con el de los días cotidianos en que los labradores andaban afanados en sembrar los forrajes y en otras labores que siempre les iban pidiendo paso.

 

 

 

 Procesión enfilando el camino hacia la Atalaya

 

El divertimiento festivo de antaño era más natural que el de ahora, por referencias de nuestros antepasados. La velada musical, amenizada normalmente por los gaiteros de Matanza o de Fuentearmegil, era la que levantaba más expectación como plato fuerte. La gente bailaba, se divertía y hacía bromas al son de la música, que sonaba desde mucho antes de que se pusiera el sol. No había veladas hasta altas horas de la noche, como ahora; la fiesta era por y para la gente del pueblo y de sus invitados, en gran número, porque antiguamente la amistad, en todos los casos, incluía, como queda dicho, hasta los amigos de la mili. Sin olvidar que no dejaba de acudir gente de los pueblos de alrededor y que en ocasiones saltaba alguna que otra disputa por aquello de que siempre había quien quería bailar con la que no lo deseaba o con la que tenía pretendiente.

Es posible que ligado a estos días hubiese algún tipo de costumbre o tradición que se escapa a nuestro conocimiento y que procuraremos indagar para dar a conocer su singularidad vinculada a la fiesta.  

 

Fiestas patronales

La celebración de las fiestas patronales del pueblo sufrió una variación a finales de los años 70. Hasta entonces se venían celebrando en honor a su patrona la Virgen de la Piedra, y tenían lugar el 20 y el 21 de octubre. No tenemos constancia si alguna de estas dos fechas coincidía con el santoral de nuestra Virgen o si el pueblo decidió que estos días fueran los más idóneos una vez acabado todo el proceso recolector del campo. Lo cierto es que durante no se sabe cuantos años, decenios o siglos, se vino conmemorando. A raíz de la emigración de gran parte de los hijos del pueblo allá por los años sesenta, se decidió cambiar la fecha de la fiesta pasando de la patrona al patrón, San Lorenzo, que tiene lugar el 9 y 10 de agosto. Como de lo que se trata es de explicar todo lo concerniente a nuestro pueblo en tiempos pasados, nos limitaremos a comentar la antigua fiesta del pueblo y también la vigente, de tal manera se apreciará los cambios y las diferencias entre aquellos tiempos y los actuales. O lo que es lo mismo entre lo que debiera haber continuado siendo para guardar la tradición y sus costumbres, y en lo que ha derivado.

   

Fiesta en honor de Nuestra Señora de la Piedra

El pueblo se tenía prácticamente ganada la gloria cuando se disponía a celebrar su festividad más importante. Se lo tenía ganado porque a excepción de que algún año la vendimia aún no se hubiese realizado, por aquellos días bien se podía decir que todo el ciclo recolectar ya se había acabado y en breve comenzaría uno nuevo con la sementera.

 

Vestidas para la fiesta (años 60)

 

Queda dicho al hablar de la segunda fiesta del pueblo que las de antaño con respecto a las de ahora han dado un giro considerable. Se ha perdido parte de la esencia, lo añejo, lo tradicional y se ha dado paso a unas fiestas más actualizadas a las nuevas corrientes. Los signos identitarios de las fiestas de antaño tenían etiqueta de raigambre propia, de carácter popular, rasgos autóctonos que no se han sabido conservar o transmitir.

La bienvenida tenía lugar la víspera con el tradicional pasacalle en el que participaba el innumerable mocerío que en tiempos pasados tuvo el pueblo acompañado por toda la chiquillería. Se lanzaban cohetes, que a buen seguro habrían sobrado de la reserva destinada a romper las tormentas, y las campanas volteaban haciendo tañir sus notas de alegría. Había animación, la gente recibía la fiesta con ganas, con deseos de pasárselo bien, de disfrutar de un par de días de diversión y algarabía y así lo demostraban desde el primer momento. Las notas de las canciones que salían de las dulzainas y de los tambores, o del acordeón, producían música tradicional con acento castellano y la protagonizaban los gaiteros de Matanza o de Fuentearmegil que por lo general eran los que asiduamente contrataba el pueblo. Eran como de la familia, especialmente los de Matanza, por la proximidad de los pueblos, y sus nombres bien conocidos entre la gente del pueblo. Aunque el Ayuntamiento pagaba la actuación, comer y dormir corría a cargo de los mozos del pueblo, que se repartían por turnos quién y cuándo le correspondía llevárselos a sus casas.

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