QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Tras el pasacalle, por la noche tenía lugar la luminaria junto a la plaza, que por entonces sabía a gloria, porque en aquel tiempo las noches comenzaban a dar síntomas de debilidad cálida. Y después de la cena, un par de horas de música para entrar en calor y dar ánimo de bienvenida a todos aquellos que se disponían a danzar con la jota y la rueda, típicas en todas las celebraciones. Hay que decir que los bailes de entonces, como es evidente, se parecían poco a los de ahora. Por lo general eran canciones moderadas agarradas, pocas veces sueltas, o como queda dicho las populares jota y rueda, amén de la raspa y de alguna otra de similares características. Así transcurrían los bailes nocturnos que no solían prolongarse más allá de las doce y media de la noche pero que la gente disfrutaba a tope.

  

 

 

 Gaiteros de la zona de Fuentearmegil (archivo Carrascosa)

 

La jornada siguiente comenzaba con la ronda por las calles, las dianas, que hacían levantarse a la gente que estaba aún en la cama. Los gaiteros transitaban de calle en calle y se paraban para entrar en alguna que otra casa a remojarse el gargavero con la copa de aguardiente y las pastas, algo que no podía faltar en lo hogares en días como estos. Pero lo tradicional de estas dianas era que los mozos sacaran de las casas a las mozas para que participaran en la función y si veían que alguna no hacía acto de presencia entraban hasta la mismísima alcoba para sacarla en volandas. No eran remilgas las madres a que así fuera, había que participar en la fiesta.

Después vendría la misa, que como queda dicho acudía la práctica totalidad del pueblo que quedaba retratado en este tipo de celebraciones. La tradicional misa de fiestas en la que tocaban las campanas y los músicos tanto dentro de la iglesia como en la procesión y que llegaba a erizar la piel según cuentan quienes fueron testigos, para muchos de los cuales el acordeón encandilaba el momento. Otro de los ingredientes era el sermón pronunciado desde el púlpito por un cura contratado para la ocasión. Un sermón extenso y consistente, que seguramente acabaría por hacer dormir a parte de la concurrencia por la zona del coro, pero que daba empaque a la homilía porque la situación lo requería. La misa fue, y aún sigue siéndolo para quienes consideran que la fiesta es un todo, uno de los actos más llamativos. Tras la misa, un rato de baile antes de comer para zurrirse el cuerpo. La comida también era especial en las fiestas, como mandaban los cánones. Y el plato típico era el cuarto asado de carne en el horno de leña. Para ello se contrataba a un asador profesional que hacía de la carne de cordero la delicia de la fiesta. Un manjar exquisito al que sólo en contadas ocasiones como ésta se tenía acceso. Un deseo que acrecentaba aún más la llegada de estos días.

No faltaba el buen ambiente a la hora de la comida porque además de lo mucho que había por contar se añadía el hecho de que casi todos los hogares tenían gente invitada. Había que devolver los favores de la ayuda en la vendimia, en el esquileo y en algunos otros trabajos que requerían su presencia. Por eso el baile de la tarde y noche aún se presentaba mucho más animado, porque las chanzas, los disfraces de alguno de ellos y las bromas se dejaban ver por la plaza del pueblo. Un baile en el que las mujeres vestían los trajes típicos luciendo sus maravillosas sayas y sus espléndidos mantones de Manila. Color y tradición para enmarcar una diversión sana envuelta entre sones de gaita y de tambor para santificar y retozar en días de máxima expresión festiva.

 

Fiestas en honor de San Lorenzo

El hecho de que durante el mes de agosto la afluencia de gente que reside fuera del pueblo pase las vacaciones en él, motivo principal del cambio, supuso que la animación de las fiestas ganara en presencia y ambiente comparada con la animación renqueante que comenzaba a apreciarse en las de octubre. Desde su implantación, las fiestas patronales fueron ganando en atracción e intensidad. Son las fiestas actuales que han llegado hasta nosotros, de las que hemos sido partícipes y en las que sin el bagaje de las anteriores las hemos moldeado transformándolas durante algunos años en referente de la movida popular.

 

 

 

 

 

 

                         Carlos y Javier en escena         Pasacalle, víspera de fiestas

 

Las fiestas actuales no se ajustan en exclusiva a los cánones tradicionales, fijos y casi inamovibles de las anteriores, sino que se basan en un programa en el que los ingredientes básicos siguen vigentes pero con variaciones, pérdida de identidad y nuevas y diversas actividades que van fluctuando temporalmente. No pretendemos hacer crítica sino exponer o contrastar lo actual con lo pasado y concluir que la raíz y los condicionantes no debieran desaparecer de unas fiestas que se tildan de “patronales”. Hay que decir también que aunque no se parezcan a las precedentes, las fiestas de Quintanilla tuvieron sus años de gloria y esplendor eclipsando a pueblos de renombre.

 

 

 

 

 

                                    Dos momentos del recorrido de la procesión

 

Durante los años 80 y 90 se dieron a conocer en la geografía provincial por el espectáculo taurino y musical que enmarcaron su nombre como referencia obligada para acudir a su cita año tras año. La enorme expectación que levantaron las vaquillas, con espectaculares odiseas incluidas, y las orquestas o grupos folklóricos que pasaron por el pueblo, atrajo a gentes llegadas allende la frontera para pasar unas horas de tremenda animación en un ambiente sobrepasado de algarabía.

 

 

 

 

 

 

                   Ambiente durante el día y...                              ...animación en la noche

 

Tras este cambio trascendental de imagen y sonido se hallaba la infatigable labor de la Peña El Coyote que vino haciendo de Quintanilla un punto de encuentro de animación socio-cultural que traspasó fronteras y que fue, incluso, galardonado en Barcelona por su denodado interés en favor de la cultura popular. Ciudad ésta en la que se llegó a representar una obra de teatro cuyos actores eran integrantes de la Peña. Momentos de esplendor que quedan en el recuerdo como una de las apuestas más sólidas llevadas a cabo en cuestión de animación por la gente de Quintanilla que en momentos determinados ha marcado un hito que quizá no vuelva a repetirse.

 

 

 

 

 

 

  Espectación en la corrida de vaquillas    Grupo de charangas animando la fiesta

 

En la actualidad las fiestas se han convertido en un programa de actividades, como decíamos, que combinan diferentes aspectos para entretener a chicos y grandes. Fijos quedan en el menú los actos de marcado carácter pero las figuras ya no son las mismas. Se ha ido perdiendo la presencia en las típicas procesiones, la vestimenta tradicional, el ambiente participativo del baile, el pasacalle anunciando las fiestas…

 

 

 

 

 

         Comensales esperando la caldereta                Calderas con la carne, rica, rica

 

Se sigue rememorando los viejos juegos tradicionales, la música hasta cerca del amanecer y se han introducido novedades, homologadas en casi todas las fiestas patronales, como la caldereta, que ciertamente congrega en hermandad a casi todo el pueblo. Adaptar las fiestas a los tiempos actuales ha supuesto introducir en el programa desde charangas a teatro, globos hinchables y otros muchos juegos destinados especialmente a pequeños y jóvenes para hacerles disfrutar a tope. Y sus peñas, por supuesto, para hacer más cercano la intensidad del momento.

 

 

 

 

 

 

             Imagen de peña y trajes típicos                Preparadas para comenzar el baile 

 

Quintanilla sigue atrayendo a los visitantes, especialmente en las veladas nocturnas porque los posos del ayer son los polos de la actualidad. Siguen siendo fiestas alegres y animadas que, si se nos permite hacer una corrección de estilo, apostaríamos porque conservaran la pureza con acento de modernidad. Quizá pocos pueblos consideren que aunque parezca un contraste no es más que una fusión de estilos. Pasárselo bien y conservar lo tradicional pueden ser dos polos opuestos que se atraigan con firmeza. Si se pierde la raíz difícilmente se hallará la grandeza de la tradición porque desaparece la esencia y con ella el sentido de una fiesta patronal. En la actualidad, nuestro pueblo mantiene los síntomas de una fiesta populosa, alegre y divertida, pero no debe descuidar los ingredientes que le dan sabor a su celebración: el honor al santo patrón.

 

 

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