QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Creencias y supersticiones

 

 

 

 Recopilatorio de creencias y supersticiones

 

Las circunstancias en que se desenvolvió el campesino años atrás dio lugar a una serie de suspicacias que mantuvieron en vilo su ser y su entorno familiar. Achacar las desdichas personales (físicas o económicas) al poder maléfico de brujas o malos espíritus mediante el “mal de ojo” fue un hecho real que en cierto modo atormentó a quienes se sentían vulnerados por el posible azote o exterminio. Envidias o rencillas desencadenaron el vehemente deseo de venganza. El placer por la maldad acabó provocando tensas situaciones en las que el enfrentamiento verbal dejaba entrever ciertos conjuros y a “apostárselas” si al maléfico le caían en gracia determinadas personas. Y es que los efectos no sólo se limitaban a la simple mofa de la persona sino también a su integridad, enfermedad, sino también a la propiedad de sus bienes, miseria o cualquier otra calamidad.

El fanatismo envuelto en creencia generalizada dio lugar a ciertas escenas con acento de brujería. A ello se atribuía, por ejemplo, el que un movimiento trémulo estuviera relacionado con un hechizo. Idénticos síntomas llegaban a vislumbrarse en algunos sucesos, como por ejemplo el que la carga de una acémila se viniera abajo tantas veces como se reponía. La impotencia irritaba y enfurecía a las personas perjudicadas con el agravante del desprestigio que ello suponía. Más aún desconociendo la verdadera causa o causante del ensañamiento. Que no siempre resultaba factible averiguar.

A fin de evitar el peligro de ofender a las personas y arriesgar su propia reputación, las malhechoras disponían de una estratagema más respetable. Ello no era obstáculo para interceptar su presencia en las claras noches de luna llena elevando sus plegarias en actitud desenfrenada -desnudas o semidesnudas- ataviadas con camisa blanca, danzando con fervor sus ritos satánicos. Momentos espeluznantes para aquellos testigos que llegaron a presenciar el ritual. Que se reunieran en un punto de encuentro habitual o en uno casual era designio de su cabeza visible, si bien no era preciso convocar reunión para llevar a cabo sus intenciones. Entre la gente del pueblo existió la certeza de la localización de un lugar donde se cuenta que “se aparecían” y dicho escenario quedó inmortalizado como la “senda de las brujas”.  

El deseo de estas personas, brujas por devoción y zalameras por convicción –con tendencia a una inusitada amabilidad hacia sus víctimas en quienes parecían concebir un don excesivo de cariño o afectuosa amistad-, se volvía insidioso cuando el mal se cebaba en alguien por puro placer. Sin objeción a confirmarlo personalmente, en determinadas ocasiones lo manifestaban mediante el maleficio o la imprudente maldición. Una maldición aceptada voluntariamente y enfocada especialmente al ganado –ovejas, mulos, cerdos etc.- en periodo de gestación que daba como resultado la confirmación de los hechos.

Al margen de creencias u opiniones contrarias, la venganza o “el resto”, como se le conocía, evidenciaba las secuelas o los signos del precipitado agotamiento de la vida que propiciaba inefables “posesiones” externas. ¿Era la capacidad brujeril la que actuaba en la muerte del animal con el hígado seccionado, o era sencillamente causa natural?

Indicios de enfrentamiento físico muestran la lucha por la supervivencia aprovechando la ocasión propicia en la que el agraviado se las “apostaba” (hacía honor a su venganza) bajo la certera amenaza o enfrentamiento si continuaba en su empeño. Era entonces cuando sucedía un encuentro casual o premeditado entre ambos protagonistas lejos de la presencia de testigos que pudiesen testimoniar o mediar en el conflicto. Sin llegar a situaciones de extrema gravedad, a tenor del recelo desatado, los zarandeos evitaron en ocasiones males mayores utilizando medios violentos o coactivos contra su poder persuasivo. Combatirlo podía ser cosa de mostrar imágenes que supusieran cierto repudio pero no fue algo común, aunque en ocasiones se echara mano de ellas, pero también se llegó al enfrentamiento físico para evitar que el agravio fuera en aumento.

 

La dómina

En el argot popular se conoce con este nombre el documento que acreditaba a su poseedor la condición de protegido del diablo o de los malos espíritus. Etimológicamente la palabra lleva implícito el significado de dominio o poder sobre alguien o algo (dómina=domina=dominio). Al margen de los hipotéticos cambios de denominación que pudieran darse, se desconoce el ámbito de interacción. Muy probablemente ambas Castillas se hallen comprendidas dentro de la zona donde se haya venido haciendo uso del documento. El escenario de la provincia de Soria no deja ningún género de dudas, en muchos de sus pueblos se utilizó como medida de protección para ahuyentar los malos espíritus y todas las maldades que sobre sus protectores pudieran acaecer. 

 

 

 

 

Anverso y reverso de la dómina

 

No se poseen datos de apreciación sobre el origen y la fecha de aparición de este documento, si bien todos los indicios inducen a pensar que fueron los monasterios los pioneros del evento, entre otras cosas para sacar dinero. A través de ellos, determinados comercios o establecimientos se abastecían para ponerlos a la venta, posibilitando al comprador el uso de ellos. El silencio que rodeó la misteriosa protección sobre brujas y hechiceros conllevó cierto hermetismo. El “secreto profesional” confería en exclusiva  al vendedor la condición de “confesor”. Tal sigilo hizo posible que muchos lugareños ignorasen la venta de estas estampas o bulas protectoras en su propio entorno por el recelo y el mutismo con que se llevó a cabo su expedición. Apenas había indicios que hicieran pensar qué establecimientos llegaron a expender su venta, aunque diera la sensación de ser un secreto a voces. El titular del establecimiento, a requerimiento del protector, expedía el documento a nombre de la persona o lo hacía extensivo a sus bienes, generalmente animales, haciendo constar la clase del ganado a proteger y la coletilla de “librarles de espíritus malignos”. El secreto de confesión hacía que cuando se rellenaba la dómina no estuvieran presentes nadie más que las personas implicadas. En el pueblo, la tienda era el lugar donde se podían adquirir tales documentos.

El artífice del éxito recae en la figura de San Caralampio, quien se erigía en abogado-protector contra la peste y todos los maleficios, o lo que es lo mismo contra todo tipo de brujería, abortando cualquier intento de aproximación al protegido. Tanto que la dómina o “salvoconducto” debía guardarse lo más cerca posible de la persona o del animal a proteger. La guarida del ganado, la pocilga de la cerda, la alcoba de las personas o su propio cuerpo eran “santuarios” de sus convicciones. Por inverosímil que pudiera resultar, las brujas han seguido latiendo y purgando sus endemoniados deseos. Estos documentos, con ligeras variaciones, -supresión de la figura del protector, sustitución del ostentoso título y cambio de idioma- han continuado gozando de la confianza de sus incondicionales hasta la actualidad, que a buen seguro seguirán haciendo gala de su condición protectora a quienes se dignen buscarla. No obstante el espíritu protector para con los animales ha decaído, quizá cubierto por otros sistemas de protección más convincentes, como pueden ser ahora los seguros de riesgo. En otro tiempo la tendencia contraproducente que se originaba en el seno familiar influyó portentosamente en la venta de esta especie de bulas contra los maleficios, o como especifica el propio documento “cruces contra las brujas”.

Independientemente del conformismo o del resultado del evento, la justificación y proliferación siguen haciendo manifiesta la favorable acogida cuya contrapartida redunda en beneficio de las arcas eclesiásticas. Al expedir el documento se hace constar el nombre del protegido, la causa de la protección a que iba destinada y el plazo de validez: un año. La gracia debía renovarse obligatoriamente cada año. A tenor del resultado y de su creencia, la misericordia de San Caralampio bien valía cuatro perras gordas.

   

Presagios y supersticiones   

 

Recogemos aquí algunas otras de las muchas creencias, presagios o supersticiones que antiguamente tuvieron aceptación entre la gente del pueblo. La nómina resulta mucho más amplia y esperamos poder recoger sus manifestaciones. Aquí, y de momento, nos centraremos en aquellos augurios o vaticinios que tuvieron creencia en el entorno del pueblo.

De los augurios del tiempo el campesino era un experto conocedor. Los signos de la naturaleza eran perfectamente identificados y sabía los efectos que de ellos podían surgir. Las puestas del sol, sus signos y sus rastros, concebían aconteceres verídicos. El tránsito de las hormigas, el canto del gallo, el vuelo de algunas aves, el viento o el tipo y la estructura de las nubes hacían presagiar cambios en el tiempo. Hasta el reuma o la piedra del riñón barruntaban cambios a la vista.  

Poner la hogaza de pan boca abajo, por descuido o negligencia, suponía un mal presagio y traía mala suerte. Cuando se caía un trozo de pan al suelo, rápidamente se recogía y se le daban uno o más besos acompañados por una especie de disculpa o perdón  por el descuido.

En la bendición de campos cuando el sacerdote, hisopo en mano, esparcía el agua por los cuatro puntos cardinales se cogía un manojo de tomillo, que después se colocaba en algún lugar estratégico de la casa, o a la entrada, para preservarla o ahuyentar a los malos espíritus.

Los doce cantos, o piedras pequeñas, que se cogían el sábado de Resurrección, justo a las doce del mediodía cuando las campanas tocaban por Cristo resucitado, se guardaban como oro en paño ya que se les consideraba muy eficaces en caso de necesidad. Así cuando había tormentas enfurecidas se cogían las piedras y se lanzaban al tejado de la casa para protegerla.

Ahorcamiento. Se tenía la certeza de que cuando una persona se ahorcaba se desataba una fuerte tormenta que acarreaba por lo general grandes desperfectos en el campo. Quitarse la vida suponía tan vil bajeza que las fuerzas de la naturaleza se rebelaban contra el poder celestial. En el pueblo se tiene constancia del acaecimiento de este tipo de acontecimientos y de los destrozos padecidos.

Temor a las ánimas. La noche de Todos los Santos no era aconsejable salir de casa puesto que los espíritus andaban sueltos por doquier y podían hacer acto de presencia en cualquier lugar y arrebatarte el alma.

Ascuas del hogar. Si se jugaba con las ascuas del fuego de la chimenea, se decía que se mearían en la cama.

Combatir el sarampión. En aquellos tiempos en que el sarampión azotaba tantas vidas humanas, se tenía el convencimiento de que desaparecía colocando cerca de la persona infectada tejidos de color rojo.

Después del parto. La primera visita o salida de casa de la mujer que acababa de parir era a la iglesia para estar presente en el bautizo del recién nacido, ya que de lo contrario podía ocurrirle ciertos presagios o incertidumbres.