QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

La casa

 

Casa típica que imperara en otros tiempos

 

Los tiempos han maquillado mucho la fisonomía de las casas del pueblo. Tanto que se han borrado casi por completo los rasgos característicos de un tipo de hábitat adaptado a las necesidades impuestas por el medio y las condiciones de vida. Ni la estructura ni la funcionalidad para la que fue creada la casa es hoy una condición indispensable. La casa de entonces, por lo general, era un espacio compartido por personas y animales que vivían bajo un mismo techo. Juntos pero no revueltos, aunque el hedor de las bestias se dejara sentir en el espacio flotante del interior del hogar. Era normal ver a las gallinas merodear a sus anchas por el portal, y hasta por la cocina, y que los mulos entraran y salieran cada dos por tres por la puerta de la casa camino de la cuadra.

La construcción de la casa, y en general la de todos los edificios, responde a unas necesidades y para ello se establecía un tipo de estructura acorde con su condición. En el caso de la vivienda constaba por lo general de al menos un par de plantas o tres. Las paredes solían mezclar adobe, barro, piedras y madera, sin demasiada uniformidad. La premura del tiempo y el que los constructores fueran los propios dueños hacía que en el acabado se notara las manos inexpertas. Pero servían para la finalidad encomendada. Antes de explicar los aspectos de la casa haremos un inciso para comentar el material básico para su construcción: el adobe.

Elaboración del adobe. Empecemos por decir que las construcciones que se han venido levantando en Quintanilla llevaban el sello inequívoco del adobe como material de construcción y el tapial, la madera, la paja y los cantos o piedras como basamento. Las paredes, por lo general lucían su estructura de obra vista, no obstante era muy frecuente rebozarla o lodarla con barro para resguardarla de las inclemencias meteorológicas. El adobe era un material noble y duradero que el propio campesino elaboraba, por lo general, una vez acabada la trilla. Era la época ideal porque no había trabajo urgente que realizar y el sol mantenía aún su potencia para secarlo. Hacer adobes era un trabajo duro, como casi todos a los que se enfrentaba la gente del campo. Se buscaba un lugar idóneo donde poder hacerlos y ello requería tierra asequible y agua a mano. Lo normal era buscar una tierra de su propiedad cercana a algún arroyo o manantial. Primero había que cavar la tierra, removerla bien, quitarla todo tipo de impurezas (piedras, raíces, etc.), e incluso cribarla, y hacer un buen montón. Nunca sobraba porque el adobe era preciso y necesario para construir o reconstruir. Desmenuzada la tierra, se esparcía paja en cantidad, se le hacía un hoyo en el centro del montón para que se remojara bien y se le echaba abundante agua hasta cubrirlo, dejando que se remojase lo suficiente hasta que quedara blanda. Ello requería varias horas, generalmente toda una noche, para a la mañana siguiente con la fresca comenzar a hacer los adobes una vez bien amasado el barro.

En este punto se procedía a hacer la masa de barro. Este trabajo se hacía pisando reiteradamente el barro con los pies descalzos, al tiempo que con la azada se iba removiendo la masa hasta que quedaba bien compacta y dispuesta para fabricar los adobes. Reposado el barro se transportaba con una carretilla hasta el lugar en el que se hacían los adobes.

 

    Construcción de adobe y adobera

 

La adobera también era de fabricación propia y se hacía más grande o más pequeña en base a la utilización y la finalidad del tipo de abobe. Es un molde de madera, normalmente de dos compartimentos con dos asideros cada uno de ellos en un extremo opuesto. Generalmente se utilizaba una medida estandar. En el lugar elegido (un terreno liego o un rastrojo) se echaba un poco de paja para que no se pegasen los adobes, se colocaba la adobera y se iba echando el barro, apretando hasta quedar bien compacto. Rellenado, se rasaba con la paleta a nivel de molde. Se dejaba secar durante una semana o diez días hasta que quedaran suficientemente duros para que no se rompiesen.  Cada día se les iba dando la vuelta para que el aire y el sol les secasen por las cuatro partes. Se hacinaban y se llevaban al pueblo.

Dependencias de la casa. Describiremos las estancias de la casa  comenzando por puerta de  entrada. En muchos casos, la puerta solía estar separada en dos partes dividida por la mitad con la finalidad de poder abrir la hoja de arriba sin necesidad de toda la puerta. Lo normal era que estuviera labrada, lo mismo que ocurría con la ventana. 

El portal. Hay que decir que la primitiva casa típica solía llevar incorporado un pequeño portalillo a la entrada que tenía poyos a cada uno de los lados. Digamos que era una especie de recibidor donde se tomaba la fresca y se resguardaba de la intemperie. Había casas grandes y casas humildes. Unas y otras no solían tener demasiada ventilación, por lo general disponían de pocas ventanas y más bien pequeñas y estrechas. En el portal podía verse el palanganero para asearse y las puertas que daba acceso al resto de habitáculos.

La cocina era la estancia más importante de la casa y la que más elementos contenía. Aquí podía verse el hogar con su imponente chimenea cónica en forma de campana que daba luminosidad al aposento y se formaban de vez en cuando unas humaredas de órdago. El peso de esta campana lo soportaba una viga de madera empotrada en los muros laterales que cruzaba transversalmente la chimenea. Al calor de la lumbre en tiempo de invierno se pasaban largos ratos sentados en los grandes bancos situados junto a alguna de las paredes, o en las banquetas de fabricación propia. Aquí transcurría buena parte de la vida en el hogar, donde normalmente se convivía: tenía lugar las comidas –generalmente era el lugar idóneo teniendo en cuenta que no todas las casas de entonces disponían de un comedor-, hablaban, laboraban las mujeres o contaban historias al amor de la lumbre. Una lumbre que era la fuente de energía, abastecida de la leña que se traía del campo y del monte, que mantenía ambientado el hogar en el invierno. En la lumbre se preparaba las comidas para las personas y para los animales y en su entorno se podían ver el gancho que colgaba de la chimenea para mantener los calderos, las trébedes sobre las que se colocaba el caldero o las ollas, el recogedor de la lumbre para que no se esparciera, los seseros para sujetar los pucheros de barro, el fuelle o las tenazas. Una función muy primordial de la cocina era la de curar la matanza, sustento básico de la gente del pueblo.

 

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