QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

La bodega

 

 Bodegas a las afueras del pueblo

 

Un pueblo como Quintanilla con una tradición vinícola por excelencia no podía privarse de cuidar el vino en un lugar adecuado para su conservación. El término del pueblo fue en su día un paisaje de pinceladas verdes que correspondían a la extensión de terreno plantado de viñedo.

Bodega es una palabra griega que significa almacén o depósito y eso fue lo que hicieron nuestros esforzados antepasados, excavar duro para poder construir una bodega bajo tierra que garantizase un buen mantenimiento del caldo. Es evidente que los orígenes de las bodegas del pueblo se remontan a muchos siglos atrás, pero no hay documentación que haga referencia a su aparición. Nos limitaremos a comentar cómo fueron surgiendo y el modo y manera de construirlas. El primer paso era la elección del lugar, por lo general la orilla del pueblo, aunque no ha sido una norma habitual puesto que dentro del casco urbano hubo y aún hay muchas bodegas, incluso algunas formando parte de la casa. Para la ubicación de una bodega había que tener en cuenta el lugar y la orientación adecuados. Se elegía un alto o ladera de las elevaciones más próximas y a poder ser orientadas al Norte. En el pueblo no se cumple para nada esta condición porque la mayor parte de las bodegas están situadas en la parte oeste del mismo, pero miran tanto al norte como al sur, lo cual, aunque nunca se haya precisado el hecho, podría incidir en la calidad del vino. Tampoco era un dato a tener en cuenta porque antiguamente no se creía necesaria esta apreciación. Entraba bien el vino supiese a vinagrilla o con mejor paladar. Actualmente sí se le tiene más consideración y se le cuida y mima para obtener una mejor calidad.

En el punto elegido para la construcción de la bodega, la gente experta del pueblo practicaba un corte vertical en la ladera del lugar que permitiría la entrada en horizontal, o bien directamente excavando en oblicua verticalidad el cañón.  Había expertos conocedores de este tipo de arquitectura popular, porque hay excelentes ejemplares de bodegas, alguna con grabados en las paredes que pasan por una obra de arte. Todavía se pueden apreciar estos detalles en la bodega que conserva el Joaquín. Una vez abierta la boca, que al estar acabada aparecía con un pequeño tejadillo en la puerta de entrada, se iba definiendo el resto. Primero se marcaba la escalera y la profundidad que se le quería dar a la construcción, en el pueblo hay bodegas con mucha profundidad, y acto seguido se iban haciendo los escalones. El techo se iba arqueando o abovedando hasta lograr la profundidad deseada donde se abría el hueco para la boca de la que sería la puerta interior de cada bodega. Aunque se construían bodegas unifamiliares, lo normal era que de ese cañón fueran saliendo otras puertas de entrada. Si se hacía un trabajo duro y considerable abriendo el cañón, lo normal era aprovecharlo al máximo. Ello suponía que en la construcción de la bodega participaban, por lo general, más de dos vecinos quede manera conjunta hacían la fabricación. Hasta cuatro o más bodegas han podido verse en el pueblo en un mismo cañón.

 

 

                            

 

 

 

 

                              Cañón de la bodega                     Grabados en la pared

 

El proceso de construcción que se seguía era en cualquier idéntico. Picar y picar en cada una de las bodegas hasta conseguir la forma y el espacio deseado. Picar y picar piedra arcillosa y caliza que costaría lo suyo desprenderse. La altura del techo era más bien baja, pocas veces llegaba a los dos metros, y una amplitud no demasiada considerable. Lo normal era que cada bodega tuviera una anchura que pudiera acoger a dos o tres cubas grandes (entiéndase de 120 a 160 cántaras). En estos espacios destinados a las cubas se les solía hacer, no era lo normal, una especie de ligera hornacina en la pared. Lo mismo que en uno o en ambos lados del cañón se hacían huecos u hornacinas más considerables donde se colocaban grandes tinajas. Además, en algunos casos, se les hacía en el techo un agujero al exterior como respiradero para airear el tufo que se producía durante la fermentación. Este agujero se le conocía como zarcera. 

La construcción de la bodega podía durar años. Teniendo en cuenta que el laborioso labrador del pueblo se dedicaba de sol a sol a los quehaceres del campo, aprovechaba los pocos momentos de sosiego para ir a picar a la bodega. Ni que decir tiene que el utensilio utilizado era el pico y la piqueta, además de la pala y las cestas para sacar la tierra. ¿Podemos llegar a imaginarnos el grandísimo esfuerzo realizado para sacar a mano cientos de cestas de tierra subiendo, a veces, 20, 30 o más escalones? Sufrimiento, dolor y a buen seguro, alguna lágrima costaba el arduo trabajo. Una faena de mineros la suya. Los momentos de mayor empuje en la construcción solían coincidir con la época invernal, en que las noches se hacían más largas. Diariamente acudían a echar unas horas dándole al pico y dejándose media vida en ella. Se cuenta por el pueblo que incluso a veces les acompañaban las mujeres, no sólo para echarles una mano si era menester sino que se llevaban sus labores y les daban conversación para que el trabajo se les hiciera más llevadero. Se suponía que había que llevar con calma el trabajo y que a base de echarle horas y horas la construcción de la bodega llegaría a su fin. Sin lugar a dudas una obra de arte de esclavos de la vida.

Cuando la faena estaba concluida, seguramente después de muchos meses, se procedía a llenarla de recipientes: cubas, cubetos, tinajas, etc. Cubas y cubetos quedaban colocados sobre una elevación de unos cincuenta o sesenta centímetros sobre el suelo. Eran un par de gruesos maderos o columnas de adobe con una distancia considerable de extremo a extremo de acuerdo con la cavidad que lo soportara. Para sujetar el cubaje, que así se denominaba al conjunto de recipientes que contenían el vino, se utilizaba unos calzos de madera que tenían por nombre marranos.

 

 

 

 

 

 

 Cubetes de vino 

 

La bodega fue y sigue siendo un lugar muy frecuentado por los hombres. Jarro va y jarro viene por el camino. El vino del almuerzo, el del mediodía, el de la merienda y el de la cena, con el bocado correspondiente para que no hiciera daño el trago. Todas ellas visitas diarias, más las que le colgaban. Echar un trago estaba a la orden en cualquier momento. Y más si la bodega estaba a tiro de piedra. Siempre ha sido el centro de reuniones en los ratos de ocio y a la que se invitaba a todo aquel considerado bienvenido. Durante toda la vida las meriendas en la bodega han seguido siendo la costumbre más arraiga de la gente del pueblo. Mozos y hombres, desde hace algunos años también las mujeres, se reúnen en ella con los amigos para disfrutar de la merienda, charlar y cantar. Y mucho más teniendo en cuenta que es un lugar agradable: caliente en invierno y fresquito en verano. En verano hacía las veces también de nevera, cuando no se disponía de este electrodoméstico.

En el pasado mundo moceril era costumbre que cada uno de ellos pusiera la bodega a disposición del resto, alternativamente iban un domingo a cada una de ellas. Era el modo de diversión y ocio con mayor arraigo entre la gente del pueblo. Sólo las paredes de las bodegas conocen todos los secretos, dimes y diretes, acaecidos. Quizá la profundidad presupusiese que nunca saldrían al exterior los comentarios allí habidos. Ni las canciones obscenas que en la calle no podían airearse.