QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Labrador y campesino

 

Laborando la tierra

 

Era el súmmum del campo, la persona entendida en todas las labores por las que debía de pasar el proceso de los cultivos. El hombre del campo, nuestra gente del pueblo, formaba una estrecha relación o simbiosis con la naturaleza a la que se adaptaba con más o menos precisión y de la que fue extrayendo muchos conceptos que ampliarían sus conocimientos y sabiduría. Se fue curtiendo desde muy temprana edad a costa de la necesidad determinante de mantener la supervivencia sobre todas las cosas y ello hizo que se despabilase y fuese conociendo el oficio desde sus raíces, mamándolo mucho más que la leche materna.

Su lema, al campo voy, del campo vengo. El campesino hacía honor a su condición y se pasaba la vida en él, de sol a sol y lo que le colgara, sobre todo en tiempo de verano. Allí permanecía periódicamente y eran muchas las ocasiones en que ni siquiera volvía a casa para comer, bien por la distancia desde donde laborara la tierra al pueblo o bien por la premura de acabar cuanto antes la labor porque el tiempo barruntaba cambios y no era cuestión de perder tiempo a sabiendas de que después no podría realizar la siembra en las condiciones idóneas.

La agricultura era su medio de vida, también contaba con algunas cabezas de ganado, y de la climatología dependía que su esfuerzo se viera recompensado por el sudor de su frente. Sudor y sacrificio, trabajo duro y continuado el que desgastaba de su empeño y dedicación para obtener la recompensa deseada. El oficio de labrador no tenía ni principio ni fin. Al igual que la jornada, la temporada no dejaba apenas hueco para el descanso, sin intermedio o asueto que tomarse porque siempre había algo de qué ocuparse. Ni siquiera el lapsus invernal daba tregua a poder olvidarse del campo, si no era el cultivo, era la recolección.

El apero casi inseparable del labrador era el arado, que muchas veces fabricaba con sus propias manos, y del que dependía como el campo de la lluvia. Con él labraba todo tipo de cultivos que se han venido dando en el pueblo, ya fuera cereal, viñedo u horticultura. El más asiduo de los arados, el romano, llegó hasta el final del proceso desde su aparición, hasta la revolución del sistema de producción agrícola con la aparición de las nuevas tecnologías. Lo que no cambiará nunca serán sus condicionantes: el hombre, la tierra y la simiente.

 

Del huerto de la Sangrera (óleo de De la Rosa)

 

La rudeza de los aperos hizo que el método y las técnicas utilizadas fueran muy rudimentarios y ello condicionó que el proceso fuera muy lento y poco productivo, motivo por el que el labrador del pueblo permanecía inmerso en el campo para producir no mucho más de lo estrictamente necesario para poder subsistir. Una vida dura y mísera con todos sus condicionantes, sus alegrías y sus penurias, y sobre todo un álbum de recuerdos y nostalgias para quienes tuvieron que lidiar con su suerte para poder salir adelante.   

 

El cereal

 

Arada y siembra

 

 

 

 Ilustraciones de arada y siembra (dibujos de De la Rosa )

 

Para hacer un esquema del programa de trabajo de nuestros labradores de antaño tomaremos como partida la siembra de cereal, cultivo por excelencia de los campos del pueblo. Dispuesta la tierra para ser labrada, estuviera en barbecho o en rastrojo o sea alzada o dada la vuelta y con posterioridad vuelta a arar, y en cualquiera de los casos con la tierra abonada por el estiércol, se procedía a sembrar el primer cereal, trigo o cebada temprana, allá a mediados de noviembre. El labrador trabajaba con maestría, una mano en la esteva del arado y un ojo puesto en la reja y el otro en un punto fijo del final de la tierra para conseguir unos surcos rectos y paralelos. Este trabajo resultaría más fácil en tiempos en que se araba con bueyes o vacas en el pueblo, que los hubo, pero con mulos o machos, no resultaba tan fácil porque caminaban más a prisa. Aquí era donde se demostraba la pericia de los labradores del pueblo, maestros algunos de ellos en el perfeccionamiento de la labranza, verdaderos artistas laborando la tierra. Acto seguido vendría el resto de la siembra de grano, centeno, avena y cebada tardía, allá por marzo, que cerraba el ciclo de siembra cerealística. Había distintas clases de terreno para el sembrado de cada uno de los cereales. Se utilizaba el de mejor calidad para la siembra del trigo, y  cereal básico y fundamental para mantenimiento de la familia y para la venta si sobraba; la cebada ocupaba el segundo lugar en preferencia, y le seguía el centeno y la avena que se llevaban la peor parte, las laderas y los altos del terreno labrantío.

Esta faena podía llevar un mes largo de sembradura, hasta las vísperas navideñas si el tiempo no se volvía en su contra. Tiempo de espera que los agricultores del pueblo dedicaban a repasar y arreglar cualquier apero o instrumento que utilizasen para desarrollar su trabajo. Especialmente de aquellos que eran la garantía del éxito. Había que repasar concienzudamente el arado y su reja, que sus piezas estuvieran en buenas condiciones; el carrillo de transportar el arado; el carro para llevar el trigo y demás complementos, el ubio, la rastra, etc. En general todo el equipamiento que se necesitaba para cualquiera de las faenas. 

La siembra se hacía a boleo. El agricultor acondicionaba un saco, costal o alforja con cereal y se lo preparaba de tal modo que pudiera llevarlo colgando al hombro en uno de los costados y con una boca holgada por donde pudiera meter y sacar la mano. La mano izquierda mantenía abierta la boca y con la derecha iba cogiendo el grano y con paso decidido lo arrojaba con precisión para que todo lo arado quedase cubierto. Entonces se hablaba de fanegas, cuartas o celemines de grano y en función de ello se guiaban para saber la superficie o capacidad de las tierras. De las minúsculas y cuantiosas tierras que tenían que labrar las gentes del pueblo de un horizonte a otro. Y gracias a que el sistema establecido hacía que cada año sólo se labrase uno de los lados o partes del pueblo para aprovechamiento de pastos, porque de lo contrario andaría de arriba a bajo incansablemente. Para rematar la faena de la siembra se pasaba la rastra para que quedase el menor número posible de granos esparcidos sin tapar, de lo contrario las aves tomarían buena cuenta.

Allá por el mes de abril se rejalcaba los sembrados, o sea se pasaba la rastra para tronzar los tallos del cereal para que brotasen con más ímpetu. La rastra era de madera con unos clavos o pequeños ganchos por debajo de la tabla. En ella se subía el labrador para hacer presión; algo parecido a la trilla pero en el terreno cultivado.

  

La escarda

Por el mes de mayo, cuando los sembrados empiezan a despuntar, se llevaba a cabo la limpieza de los trigos. En estos tiempos en que narramos las vicisitudes, no había sulfatos químicos para tratar las yerbas ni las plagas. A las primeras se las trataba de manera artesanal, es decir por medio de una hoz y una horquilla. Era lo que se denominaba la escarda, palabra que significa quitar cardos. Que era lo que se hacía, además de algunas otras yerbas que estorbasen entre los brotes. A escardar acudían casi todas las personas que pudieran haber disponibles en la familia. Y la operación de limpieza o exterminio era muy simple, se trataba de ir surco por surco con las piernas abiertas entre él cortando el cardo. Para ello se introducía la horquilla por la parte baja del tronco del cardo, y por debajo de la horquilla se pasaba la hoz para cortarlo. Y así una tras otra tierra por tierra, pacientemente, hasta que se acababa todo el proceso. Porque no sólo eran los cardos sino toda mala yerba que crecía, entre las que podía encontrarse la grama, el cenizo, el ababol, el vallico –avallico lo llamábamos por aquí-, el neguillo, y muchas otras más. Por haber había de todas, incluso de algunas que resultaban ser comestibles. Duraba días, y más teniendo en cuenta la dispersión de las fincas. De la escarda también se tienen recuerdos imperecederos.

En estos días los presagios sobre los sembrados tomaban auge según el cariz en que se encontrasen los campos. Era el momento más importantes para su devenir porque de la situación dependía que hubiera o no una buena cosecha. Es cierto que hasta que no se tenía segado el cereal nunca se sabía porque en un mal momento y en el último instante toda ilusión podía quedar hecha trizas. Mayo marcaba el punto en que el campo podía ser una alegría o una tristeza. La lluvia era la encargada de que la cosecha llegase a buen fin o por el contrario que fuera una tétrica realidad. Si los campos eran raquíticos había que pedir lluvia y para ello se organizaban las Novenas y Rogativos (de las que hablaremos ampliamente en otro apartado), todo un proceso de súplicas que se llevaba a cabo con rezos en la iglesia del pueblo y mediante concordia o participación popular de todos los pueblos de la zona. Un momento crítico porque, además, las tormentas podían acechar la integridad de los campos.

 

La siega

A partir del día de San Pedro (30 de junio), el calendario laboral daba un acelerón al ya de por si movimiento campesino. Era como el pistoletazo de salida para iniciar la siega y recolección del cereal. Un proceso que duraba, por lo general, 40 ó 50 días de frenética faena en el campo, que sumados a otros 20 o más de trilla suponía dos meses y medio de trabajo continuo. Tal era la obligación que se omitía el domingo como fiesta de guardar (no así los días de festividades) hasta el mes de septiembre. La siega obligaba a toda una serie de preparativos para no perderse en otra cosa que no fuera la concentración en tal faena. El afilador habría pasado con antelación para tener bien afiladas las hoces, el trillero también habría hecho acto de presencia por el pueblo para repasar los trillos que se encontrasen en mal estado; a los machos y resto de mulos se les habría calzado convenientemente; se habría proveído de todo lo indispensable en materia de alimentos (carne de membrillo y castañas pilongas incluidas) para una buena temporada; la botija, los sombreros y, por supuesto, la hornada de pan reciente para que no faltase durante un tiempo sin tener que estorbarse.

 

 

 Siega y escales de mies en el campo

 

La cosecha era la llave de la despensa de todo el año, con ella se alimentaba la familia, se realizaba alguna venta en el mercado, si había excedente, con la que pagar las deudas, los impuestos, y a todos aquellos que por motivos de ajustes esperaban recibir las igualas, lo acordado. Ajustar también era lo que necesitaban algunas personas del pueblo que no disponían de manos suficientes para la siega y su acarreo. Había que buscar segadores y acarreadores, o como se les denominaba comúnmente, “agosteros”. Todos ellos durante la temporada que duraba la siega para unos, y siega y trilla para otros.

El primer cereal que se segaba era la cebada temprana, que llegaba antes que ningún otro. Después ya vendría el trigo, y el resto de cereales, cebada tardía, centeno y avena. De sol a sol y hasta bien anochecido o hasta altas horas de la noche con luna llena. Y la mayoría de las veces comiendo en el campo. La vida del campesino transcurría tanto tiempo en él, que desde trabajar, comer y hasta procrear, todo era posible. Para quienes no entiendan el oficio, segar significaba llevar una hoz en la mano derecha y una zoqueta en la izquierda. Zoqueta no quiere decir ignorante sino una protección de madera en forma de zueco de mano para protegerla de los posibles cortes de la hoz. Con esta mano se iban recogiendo las espigas cortadas que se dejaban en manojos sobre el rastrojo cuando no cabían en el puño. Se segaban uno o dos surcos a la vez y cuando se acababa la tierra, se recogían los manojos, se hacía un haz o gavilla que a su vez todas juntas formaban un escal que permanecía en la tierra hasta el acarreo. Estas gavillas se ataban con ataderos de paja de centeno, que también hacía nuestra gente. Los hombres solían llevar, además del sombrero de paja, los zagones, unos protectores de lona que se ataban a la cintura y se anudaban en la pierna para protegerse las extremidades y el pantalón por la parte delantera. Las mujeres a su vez, además del pañuelo a la cabeza, porque normalmente no llevaban sombrero, se colocaban unos manguitos en los brazos para protegérselos.

 

Carro, transporte vehicular cotidiano 

 

 

Segar era duro. El fuerte calor canicular, se decía que ardían los altos, hacía que el cansancio hiciera mella y había que parar un ratito para reponer fuerzas, un piscolabis a media mañana o a media tarde calmaba el desgaste. Se almorzaba, se comía y se merendaba, y de vez en cunado se paraba a echar un trago. Al mediodía, después de la comida, se hacía la siesta buscando una sombra pero siempre al tanto con los tábanos que merodeaban por doquier, especialmente junto a los machos. Y vuelta al tajo, a veces suspirando, otras cantando canciones o romances en un clima de alegría y de buena armonía, contando anécdotas y sucesos para aminorar en lo posible el cansancio. Así se pasaba la jornada y los días y las semanas… y llegaba el final de la siega. Entonces para celebrarlo se hacía una especie de rito que se le dio por llamar la mansiega que consistía en bailar sobre un corro de cereal que se dejaba adrede, y si nadie ponía objeciones hasta se rompía la botija porque se decía que de un año para otro el agua hacía mal sabor. Pero lo principal era suspirar por haber acabado la batalla más dura sin que la tormenta se hubiera acordado de devastarla. Que eran muchas las veces que sucedía.        

  

  

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