QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

La era y la trilla

 

 

 

                     Trillando y volviendo la parva                 Abeldando con viento suave

 

Terminada la siega se procedía al acarreo del cereal. Aquí, los acarreadores con acémilas hacían su faena mientras se iba segando. Pero no era lo normal, aunque sí había quien utilizaba a los más jóvenes para atarles unos cuantos haces a lomos del animal y transportarlos a la era. Peripecias que contar habría para aquellos que se vieron con la carga en el suelo y esperar a que pasase una persona mayor para volverla a poner en su sitio. Para quienes fueron testigos de los hechos, acarrear la mies era un acontecimiento singular. Los caminos y las calles del pueblo era un ir y venir de carros y mulos en constante movimiento. El crujir del eje de los carros era una cantinela constante subiendo y bajando por la calle Real, saludando los acarreadores a la gente que se resguardaba del sol a la sombra de las casas. Cuando el acarreo tocaba a su fin y los escales de los trigos desaparecían totalmente, los rastrojos quedaban libres a merced de las espigadoras y del ganado que irrumpían en ellos, no sin antes hacerlo saber el Concejo del pueblo. 

La era iba cambiando su fisonomía, su imagen, a medida que los haces de cereal se iban depositando en ella. Casi todos los vecinos del pueblo tenían su trozo de era, a quienes no disponían se les adjudicaba en sorteo. Una orden del Ayuntamiento abría la fecha en que se podía adecentarla para iniciar el proceso. Se quitaban los cardos y demás yerbas, los cantos y otros restos y una vez barrida quedaba lista para proceder a la trilla. En la era, cada cual iba escalando o hacinando el cereal, separado por clases y tipos. Presentaba un aspecto de ciudad, con sus edificios –las hacinas, algunas inmensas- y las calles entre ellas. Pasaba de urbanizaciones dispersas por el campo a una urbe más concentrada.

 

Trillos que dieron su vida en la era

 

El proceso de trilla era metódico. El cereal elegido para iniciar el periplo era el trigo. Al inicio de la mañana se esparcían una determinada cantidad de haces en un círculo sobre la era, lo que se llamaba parva. Aquí actuarían los machos que uncidos al trillo daban vueltas y más vueltas hasta que quedaba triturado completamente. Por lo general solía hacerse una parva por día, en ocasiones si se acababa antes de tiempo se iniciaba la del siguiente día. No era lo normal porque la humedad o el rocío de la noche hacían que a la mañana siguiente costase más triturarla. Al trillo solía ir adherido un gancho en la parte posterior que removía la parva. No obstante, de tanto en tanto se daba vueltas con la horca al principio o con la pala de madera cuando estaba tronzada. Trillar era más bien cosa de chicos, mujeres y también lo hacían los hombres más mayores, los otros siempre tenían otras ocupaciones. Había cereales como la cebada, que entre el polvo, el picor y el calor asfixiante resultaba incómodo el trillar. A la sombra de las hacinas se resguarda la gente hasta que no le tocaba salir a escena. Porque había momentos en que en la era estaba la mayoría de los miembros de la familia, haciendo el trabajo o pasando el rato.

La era concita recuerdos entrañables, estampas inolvidables, para quienes fuimos testigos de su historia, protagonistas de su entorno. Tantas anécdotas. Que si la yunta de machos se salía de la parva y les daba por correr con el trillo; que si una hacina se desmoronaba y se venía al suelo; que si una tormenta hacía tapar la parva y recogerlo todo de prisa y corriendo; que si había que quedarse al mediodía y por la noche haciendo guardia para controlar el grano abeldado; los trilladores cantando canciones a los cuatro vientos; los críos del entorno jugando todos juntos; las madres aprovechando el tiempo para hacer algo de labor… Todo un espectáculo. 

Al finalizar la trilla se recogía la parva con una rastra grande de madera de la que tiraba los machos, y chicos y grandes nos agarrábamos a ella arrastras para recoger la paja y el grano. Acababa de recogerse bien con rastros más pequeños, se hacía un montón en el centro y se barría para el día siguiente. Alrededor del montón se echaría una nueva parva y así sucesivamente hasta que se acababa la clase de mies. El trigo, la cebada, el centeno y la avena. Así uno tras otro hasta que se acababa todo, que era cosa de un mes y pico.

 

 

 

                 Aventadora y cribado del grano               Recogiendo el cereal tras cribarlo

 

Quedaba aventar (lanzar al viento) o abeldar (la misma función pero la palabra deriva de bieldo), que solía hacerse cuando se podía, si las condiciones del viento lo permitían. No tenía que haber ni mucho ni poco, pero tenía que haber. Con que corriera una brisa considerable era suficiente. Por lo general se abeldaba cuando se acababa una clase de cereal. El proceso era levantar al viento la paja y el grano desde la parva a uno de los lados –por el que soplase el viento- para ir separándolo de la paja. El grano a un lado y la paja a otro. Al principio se utilizaba exclusivamente el bieldo, posteriormente llegaría la máquina aventadora, antes de que irrumpiera la trilladora que lo hacía todo, a base de darle a la manivela pero no había que esperar a que se levantase el viento. Abeldar y cribar llevaban su tiempo y sus días. Cribar significaba darle una y otra pasada al grano para que quedase limpio, hasta que sólo quedaran las granzas, y ello requería dedicarle mucho tiempo. Estampa bucólica la de las mujeres moviendo y removiendo el grano en la criba o el arnero moviendo la cintura y los brazos al unísono, como ahora en algunos bailes pero sin apero. Mucha paciencia y esperar a que las condiciones fueran las idóneas. Lo importante era que el grano fuera saliendo para echarlo a los sacos midiéndolo con la media, la cuarta o el celemín. El cereal al granero y la paja al pajar, cargándolo en los carros, en los que se colocaba unos palos y una red para que cupiese más, o en las acémilas hasta el pueblo. Paja que servía y mucho para alimento del ganado mular y ovino junto con el grano y para echarles para cama. La era volvía poco a poco a la normalidad desapareciendo la frenética labor realizada durante un mes largo que duraba su periplo.     

Pero la vida del labrador, del hombre del campo seguía muy activa. Se había plantado en el final de septiembre y el trabajo del campo le seguía llamando. Hemos hablado del   proceso cerealístico, pero no sólo de pan poner vivían nuestros ancestros, también de otros cultivos complementarios, los hortícolas y el viñedo. Las judías estaban a punto, las patatas también y la remolacha, el alfalfa y el maíz o los titos para el ganado. Estampa típica era ver a la gente a la puerta de las casas esmontando las alubias o los garbanzos. Antiguamente se sembraba bastante cañamón para producir cáñamo para lienzo, pero a inicios del pasado siglo fue desapareciendo paulatinamente. Así pasaban la vida las gentes de nuestro pueblo, siempre activas y laboriosas, gracias a que eran muchas las fiestas que por entonces traía el calendario y las aprovechaban para olvidarse un poco del trabajo. De este tema ya hablaremos en otro apartado porque de lo que se trata ahora es de que octubre estaba a la vuelta de la esquina, había que darle otra vuelta al barbecho y levantar los rastrojos recién segados. Pero sobre todo tocaba recoger uno de los frutos más deseados, la vid.

 

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