QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

La tienda y el mercado 

 

La tienda

 

 

Despachando a la clientela

 

Aunque la gente de Quintanilla se abastecía de muchos de los productos que ellos mismos cultivaban, no podían pasar sin un establecimiento donde proveerse de otros muchos artículos y productos que necesitaba tanto para alimentarse como para hacer frente a las necesidades cotidianas que se le presentaba. En la tienda podía encontrarse un poco de todo, como en botica, lo que venía a ser una determinada cantidad de artículos de gama variada que iban desde los comestibles hasta los puramente accesibles para la casa o para el trabajo. Al menos los imprescindibles para salir de un apuro o de una necesidad imprevista. Era una tienda de ultramarinos en la que lo mismo se encontraba una bacalada, carne, pescado, pimentón, escabeche de paparda, tabaco, azúcar, cerillas, cera, sogas de esparto, puntas, azulete, galletas, aceite, café de malta,… A ella acudían las mujeres a proveerse de aquello que necesitaban para la comida o para cualquier otra necesidad. La tienda, además de establecimiento multiproductos hacía la función de taberna. Era el punto de encuentro donde solían pasar el rato los hombres del pueblo en los ratos libres que les quedaban. Teniendo en cuenta que la bodega era como un santuario donde hombres y mozos solían pasar muchos ratos de ocio, merendando o simplemente echando un trago, la taberna o cantina quedaba un poco relegada porque el vicio o la necesidad de beber se diluían por este hecho. Pero no sólo de vino vive el hombre, y siempre había un momento para tomar una copita de aguardiente (porque en los principios de los tiempos el coñac no se estilaba) o una cerveza para contrastar con el sabor del vino. Es de suponer que la cantina era el lugar donde echar la partida de cartas o charlar de las cosas cotidianas. ¡Cuántos secretos no encerrarían las paredes de la tienda!          

Que se sepa hubo varias tiendas conocidas en el pueblo a lo largo de su historia. De las primeras que se tiene conocimiento fue la de la tía Andrea, que la tenía en su propia casa y que aún hoy se mantiene en pie. Otra de las que se recuerda era la del Reinillo, que además fue también barbero, que la tuvo primero en la que hoy es la casa del Narciso y después en la que hoy es la casa de la María, “la Lola”. También tuvo tienda el Máximo, apodado “el Pospós”, en un edificio que en su día fue del pueblo y hoy es la casa del Gonzalo. La regentaba su mujer, la Eulogia, quien contaba cierta anécdota a todo el que se preciaba a escucharla. Las cantinas suelen ser lugar de parada de arrieros que van de camino hacia otros puntos de destino. En esta ocasión los arrieros eran del cercano pueblo de Valdegrulla e iban de camino, bien entrada la noche, desde San Esteban, que estaba en ferias, a su pueblo. Decidieron hacer una parada en la cantina de la Eulogia y para ello hicieron abrir la tienda. Cuando les preguntó qué querían beber contestaron sin más dilación: “ponnos una gaseosa para todos en copas, que un día es un día”. Hubo tienda regentada por Antonio, “el Pimentonero”, y por su mujer, la Felipa, en la que fuera la casa de  Josefa Catalina; posteriormente se trasladaría a un edificio del Ayuntamiento, que en su día fue la Secretaría. Y en este mismo edificio continuó porque después de ellos siguieron con el negocio los hermanos Federico y Juan Lavilla, que la mantuvieron durante muchos años hasta hace unos cuantos que la cerraron y el pueblo se quedó sin tienda.  

Vendedores ambulantes pasaron y siguen pasando con tienda o sin ella. El más familiar de ellos era el pimentonero, que a mediados o finales de noviembre hacía su aparición por las calles del pueblo con su peculiar figura, su caballo y su gorro vociferando “al buen pimiento” y que hacía su agosto porque la matanza estaba a la vuelta de la esquina y se creía que su pimentón podía ser de mejor calidad que el comprado en la tienda o en los mercados de San Esteban.

 

El mercado

 

Ferias y mercados se convirtieron en los centros de compraventa de la economía familiar. Las primeras, de mayor enjundia, tomaron cierto protagonismo en la villa de San Esteban de Gormaz, a donde acudían tratantes, vendedores y tratantes para cerrar tratos de ganado. Las gentes del pueblo acudían a estos eventos, algunos necesitados por comprar o vender algún animal, otros atraídos por la curiosidad y la expectación que despertaba el acontecimiento. Estas citas tenían lugar dos veces al año, en junio y en noviembre.

 

Camino del mercado (cuadro de Juan Chuliá)

 

Los mercados eran semanales, se celebraba el martes en San Esteban y el sábado en El Burgo de Osma. A uno u otro, por las circunstancias a veces a los dos, acudía el vecindario del pueblo para comprar y vender productos. Se tenía la necesidad de abastecerse de productos imprescindibles para la casa, comida, equipamientos, ropa, útiles, aperos… También se llevaba a vender el excedente de los productos cosechados con los que obtener algún dinero para comprar la indispensable. El carro o los lomos de las acémilas servían para transportar la mercancía que podía ser de cualquier tipo. Unas alubias pintas, unas nueces, miel, cera, unas gallinas, huevos, una cántara de vino, repollos o patatas, unos corderos, leña, paja, cochinillos,… Todo lo relativamente sobrante que pudiera suponer conseguir unas pesetas. O cambiarlas en trueque, si llegaban a un acuerdo.

Las gentes del pueblo bajaban los martes al mercado de San Esteban con sus alforjas al hombro para proveerse de lo imprescindible. Generalmente acudían con más asiduidad a la de San Esteban que a la del Burgo sencillamente por proximidad. Había ocasiones en que era obligado bajar para vender la lechigada de cochinos, una vez alcanzados los dos meses. Y se hacía el camino hasta el rastro, donde se exponían los cerdos para su venta. Todo un espectáculo el que se dibujaba en torno a la plaza, llena de cajones de cerdos expuestos de cerdos, la gente que se agolpaba, los tratantes yendo de un lado para otro mirando la mercancía expuesta y los vendedores esperando pacientemente a que alguno de los muchos que se acercaban para ver lo expuesto llegaran a un acuerdo. Se respiraba un ambiente recargado y un olor fétido cuando de cerdos se trataba, porque también podía venderse ganado lanar o aves y conejos, e incluso algún que otro mular. Y si en el mercado de San Esteban se respiraba un ambiente inusitado, en el de El Burgo todavía era mayor la convocatoria. Aquí acudían gentes de toda la comarca, personajes variopintos haciendo gala de su condición de campesinos ataviados con sus ropas características y sus equipamientos singulares.

Las posibles compras quedaban, a veces, supeditadas al buen fin de la venta. Si no había tal posibilidad podía ocurrir una doble decepción: venirse a casa con la mercancía, lo que suponía volver a intentarlo de nuevo, y quedarse sin comprar lo que tenían pensado.    

De ese desaliento eran partícipes también los más pequeños que esperaban ansiosos la golosina prometida si la lechigada era vendida. No había otra alternativa que volver a intentarlo en unos días y para ellos se desplazaba el campesino hacia el Burgo. Vuelta a transitar con los cerdos en el carro camino del mercado. El rastro a rebosar de gente, gruñidos de cerdos, tratantes vestidos de negro con el pañuelo al cuello, mirando, observando y preguntando por cuánto se vendía. Si eran de su agrado, no tardaría en aceptar el trato. ¡Por fin! Ahora ya podrían hacer las compras esperadas. El resto de la jornada trascurría merodeando por las calles y las tiendas en busca de lo que necesitaban y si la venta colmaba los deseos lo celebrarían yendo a la cantina del Agapito, adonde la Engracia o a cualquier otra taberna a comerse una cabeza asada o el porroncillo de vino y la ración de escabeche. La ocasión lo requería y había que aprovecharla. De vuelta a casa con las compras realizadas había que pasar por “el punto” a pagar el impuesto por la venta de la mercadería. El camino de vuelta, acompañados del resto de gente del pueblo, lo hacían con el semblante alegre o más contrariado dependiendo de cómo había ido el día y la venta. En casa esperaban los más pequeños deseosos de que algún pirulí, una milonga, o cualquier otro dulce les haciera felices.