QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

De tal manera se pasaban los días con más o menos intensidad. Los invernales lentos y pausados, los más largos con mayor actividad y entretenimiento. La crudeza invernal de aquellos tiempos suponía que había días en que apenas se podía salir de las casas y en el caso de las grandes nevadas se veían obligados a abrirse paso haciendo caminos con palas. ¿Quién no recuerda los carámbanos, o chuzos, como los llamábamos en el pueblo, colgando de los aleros de los tejados? Del invierno recordar también el momento de recoger las ovejas al regresar el pastor con ellas a casa. Queda relatado en el oficio de pastor, pero retomamos aquí la parte de ir a buscarlas al anochecer a un punto determinado, por lo general a la Era de arriba. Allí acudía prácticamente todo el pueblo a recoger de su rebaño cada cual las suyas. Como generalmente acudían dos o más de cada casa, especialmente los días festivos, podían llegar a juntarse más de setenta personas entre chicos y grandes, que entre los juegos de unos, el alborozo y las conversaciones subidas de tono de otros, retumbaban en el eco de las tardes calmadas  hasta el extremo de que se podía oír casi en la otra punta del pueblo.

A los chicos, además del botijo del agua les solía tocar ir a por el saco de paja al corral, uno o más, para los machos y para las ovejas. Debían ayudar a los padres porque ellos ya iban bien ajetreados con todo el trabajo que tenían. Las mujeres, si no tenían mejor cosa que hacer, durante los días invernales se juntaban en corrillos al sol y lo aprovechaban hasta un poco antes de ponerse charlando de lo habido y por haber pero afanadas en sus labores. Difícilmente había día que no tuvieran algo que hacer, pocas veces charlaban con las manos cruzadas, excepción de las abuelas y abuelos, que haberlos los había, si eran pocos, y si había grupo suficiente lo formaban aparte para hablar de sus cosas. Porque uno o dos entre tantas mujeres tenían que estar con las orejas gachas.

 

 

De cháchara, dejando el rato pasar (óleos de De la Rosa)

 

Las mujeres se afanaban siempre y en todo lugar pero les gustaba darle a la lengua. Allá que iban por la calle a algún corral y se cruzaban con otra, había no sólo el saludo pertinente sino la parada obligada y el ratito de conversación que iba subiendo en intensidad cuando llegaba otra, y otra, y ya una de ellas rompía el corro diciendo “bueno me voy a por la paja porque como venga el Clemente y no la tenga, me la lía”. El resto podía seguir con la crítica o el chismorreo. La gente siempre saludaba cuando pasaba por la calle y había o veía a alguien: “¿qué hacemos Felipe?”. “Pues mira, aquí estoy preparando los arreos para irme a sembrar unas patatas al Cascón”. O el saludo podía ser de tal guisa: “Paice que la tarde barrunta algarazos, no sé si no nos remojaremos”. “Quiá, hombre, son nubes volanderas, no creo que caiga ni chispa”.    

Con la llegada de la primavera la vida se tornaba más alegre. El resurgir del campo iba ligado al de la gente, mucho más activa y también alegre si prometía cosecha. Pasada la mitad de mayo empezaban a refulgir los días y los sembrados, las amapolas hacían acto de presencia y la gente se veía por doquier en el campo. Antaño se vivía con mucha más austeridad y pobreza pero se conformaba con mucho menos que ahora y quizá fuera más feliz. Algo que hoy no sabemos valorar. Mayo era el mes de las flores y el de María. Rosario cada día quienes podían asistir a él (no se salvaban los chicos de la escuela, de lo contrario castigo seguro), y salida al campo a trabajar, los chicos a coger yerba para los animales: ababoles, mielgas, cardillos, ballico, etc. Una vez llenas las cestas, regresaban jugando y volvían a casa cantando más contentos que unas castañuelas.     

Mayo era un mes con muchas tradiciones y ello alegraba el corazón de la gente. Hasta hace algunos años se celebraba la segunda fiesta más importante del pueblo. Antiguamente había celebraciones eclesiásticas a las que se obligaba a asistir a todos los vecinos a misa, bajo la multa correspondiente. Eran fiestas de prefecto y no había excusa alguna. Por entonces había más devoción y la gente acudía a la iglesia con asiduidad y mayor asistencia. En la iglesia no podía sentarse cada uno donde quisiera, como ahora. Había diferenciación de sexos, los hombres en una parte, las mujeres en otra y los mozos en el coro. En la homilía se pasaba el Pastecum, un sello grande de metal plateado de forma rectangular que llevaba gravada una figura sagrada y con una asidera por detrás. Los monaguillos iban pasando el Pastecum de uno en uno a cada uno de los feligreses diciendo “Pastecum”, al tiempo que se lo acercaban a los labios para que lo besaran y respondían con un “espíritu, tú”. Jurar no sólo era pecado sino que además si se profería en público, dependiendo del tipo de juramento lo más probable era  que se le supusiese una multa. Había mucha rigidez con las cuestiones religiosas y también se respetaba más a los vivos y a los muertos. Cuando acaecía una muerte, el duelo era mucho más sentido interior y exteriormente. Lo anunciaba el tañido de las campanas con sus toques lentos y pausados. La gente acudía a la casa donde se hallaba el difunto; acto seguido el cura y los monaguillos, portando el cirio, iban a darle la extremaunción en medio del dolor de los presentes. Unas oraciones y el pésame concluían el acto. El luto imperaba durante mucho tiempo por el dolor de sus muertos. De hecho las mujeres, por una u otra causa, lo llevaban casi toda la vida; los hombres también lo hacían visible en la solapa de las chaquetas o el brazalete negro en la manga de las camisas. Además las mujeres con su pañuelo negro evidenciaban este hecho.

Pero dejemos las escenas luctuosas y vayamos a otras cuestiones más agradables. Las fiestas, que eran muchas, tenían el ingrediente de vivirse intensamente. Eran fiestas que no tenían mucho de particular pero sí de arraigo. La misa era el ingrediente fundamental sobre el que recaía el peso de la conmemoración. El día se completaba con momentos de asueto, de charla entre la gente mayor, de juegos de chicos, de mozos y de mozas, de meriendas de hombres, en ocasiones también las mozas, y de rondas. Los chicos se distraían con cualquier entretenimiento. Jugando por el campo, asando patatas en el chozo de los pobres, lugar de encuentro de los domingos invernales, buscando nidos, caracoles, pájaros, ranas, setas o bonetes, etc., que luego alguien se encargaría de guisárselos. Mozos y mozas se divertían a su manera, paseaban juntos pero no revueltos porque entonces lo de enamorarse o besarse en público se tapaba mucho más que ahora. Tanto que ni siquiera se cogían, por lo general, de la mano sino más bien se iba de bracete y sin que se viera demasiado. Besarse, a escondidas y en la noche, pero en la penumbra se hacían cosas que con el tiempo se veían de día. Las bodas eran todo un acontecimiento, a veces con tornabodas y lo que le colgara. Entonces se enteraba todo el mundo porque era obligatorio que se “leyeran” en la iglesia las amonestaciones. Así lo hacía el cura anunciándolo en la misa durante tres domingos seguidos por si alguien tenía algún impedimento que pudiera aportar para que el casamiento no se llevara a efecto. Aun siendo austeras, se daba lo mejor que se tenía a los invitados que eran muchos porque se invitaba a los familiares, allegados y hasta a los compañeros de la mili. En mayor o menor medida, gran parte del pueblo recibía algo de las bodas: panecillos para los más pequeños, bacalada para los mozos y torta para la gente que no asistía al ágape. Poco podían aportar los padres como dote porque apenas tenían  de dónde sacar, si acaso un jergón, algo de tierra para cultivo, alguna oveja, o pequeñas cosas para ir saliendo del apuro. Así que en muchas ocasiones los desposados se veían obligados a vivir en la casa de ellos.

La recolección del cereal era un acontecimiento que paralizaba todo lo demás. Por parar, paraba hasta la obligación de guardar los domingos. Si ya de por si la vida se pasaba en el campo, en tiempo de siega se hacía casi total, hasta las tantas de la noche se trabajaba con luna llena. Vida dura y gente comprometida con la subsistencia. Toda la familia empleada al máximo para poder salir adelante. Los chicos, que también iban a la siega, se pasaban los días guardando el agua en las dos arroyos y los diferentes parajes donde había regadera para poder regar las tierras. Para ello primero había que sacar el agua del arroyo y conducirla por la regadera que la llevaba al lugar destinado al riego. Había muchos parajes donde se podía regar, por mencionar alguno, la zona de la Dehesa, la Fuente, el Barranco, el Lado del Cerro, el Regachal, y varios más. Muchos peregrinaban por ellos durante estos meses yendo de un sitio a otro para tener acceso al riego. El hecho de que en el pueblo siempre haya habido poca agua obligaba a que el Ayuntamiento llamase a hacenderas para sacar el agua y así poder regar lo sembrado. Otra cosa era quién podía beneficiarse de ello. Difícil lo tenían las familias que no contaban con algún miembro liberado que dejara de segar para hacer trabajos puntuales como éste de guardar el agua. Porque en las regaderas se podía permanecer días y días esperando el turno para poder regar. De todas, la regadera de la Fuente era la más concurrida. Allí podían llegar a juntarse hasta una docena e incluso más guardando el turno de riego, y como el agua que corría a veces se llegaba a agotar, suponía que podían estar hasta diez días esperando la vez.

Era todo un acontecimiento. La espera era otra de esas estampas imborrables. La mayoría solían ser chicos y chicas que hacían de todo para matar el tiempo. Jugaban, vigilaban, cazaban y hasta hacían trastadas. A la regadera se les llevaba la comida y la cena, allí dormían en sitios establecidos, allí vigilaban para que nadie les quitase el agua, y de allí no se podía mover nadie porque si se traspasaba una línea casi imaginaria podía perder el turno. Tensa e impaciente espera, tantos días a la intemperie desvinculaba  un poco. Porque lo normal era que de allí se desplazaran a otra regadera o permaneciesen en la misma cuando había muchos porque de lo contrario pasaría mucho tiempo para el siguiente turno y riego. A veces sufrían las fuertes tormentas que descargaban agua sin contemplaciones. Fuertes riadas que saltaban por encima de los puentes desbordando todo a su paso. Cuentan por el pueblo que en cierta ocasión, a raíz de una de aquellas asoladoras tormentas, los padres salieron a buscar a sus hijos en la noche y no los encontraron. Eran varios y lloraron su desgracia porque imaginaron que la furia de las aguas les habría arrastrado aguas abajo hasta el Duero. Lloraron y lloraron y así se lo comunicaron a sus familiares. La noticia corrió por el pueblo, pero a la mañana siguiente aparecieron sanos y salvos. El tío Mauricio, en vista del cariz que tomaba la tormenta, de regreso al pueblo después de guardar las ovejas se los llevó consigo y durmieron en su casa. La tristeza se tiñó de alegría desbordante cuando se conoció la noticia.         

 

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