QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

La colada

 

 

 Escenas de mujeres lavando en el arroyo

 

Ni el jabón, ni mucho menos los detergentes, estuvieron al alcance de las posibilidades en el seno familiar de la gente del pueblo. No podemos precisar su aparición, pero hay que decir que si nos remontásemos a tiempos anteriores a la mitad del siglo pasado, ni existían. Por lo general el jabón de manos o de tocador no solía verse en las casas del pueblo. Si acaso en la del cura, la del secretario, u otra personalidad, pero nada más. El jabón de lavar seguía más o menos la misma suerte, aunque el familiar “Lagarto” empezaba a ser utilizado en algunos hogares. Estamos hablando más o menos de los años 50 del siglo pasado, pero si nos remontásemos a tiempos anteriores… El jabón de lavar lo hacían las propias mujeres en sus casas utilizando la grasa animal o el aceite, cuando existía, que sobraba de la conserva de la matanza y un concentrado sódico que se vendía para su elaboración. Una vez hecha la mezcla se dejaba condensar en un recipiente y cuando quedaba compacta se partía en pedazos. Este jabón era muy apreciado por su calidad y porque daba mucho de sí, en opinión de quienes hacían uso de él.

 

                             Coción para la colada                       Lavadero actual

 

En tiempos anteriores al lavadero, que se construyó allá por los años 70 y que en la actualidad se halla en desuso, las mujeres del pueblo bajaban a lavar la ropa a alguno de los dos arroyos, normalmente al de la Dehesa. Antes de ir a él había un proceso de remoje, digamos prelavado, que se llevaba a cabo en el coción. El coción era un recipiente de barro que podía pasar perfectamente por una tinaja. En la parte baja tenía un agujero para sacar el agua. Su cavidad era de unos 80 litros aproximadamente. Con el tiempo, el coción quedó como recipiente para aprovisionar agua cuando había que ir a buscarla a la fuente. Cuando se disponía de suficiente ropa enjabonada se metía en el coción para hacer la colada. Ello quiere decir que primero se llevaba la ropa al arroyo para enjabonarla, se subía de nuevo a casa y se metía en el coción para limpiarla. El cernadero era una especie de malla fina de lienzo que se colocaba en la boca del coción y sobre él se echaba ceniza, limpia de todo tipo de impurezas, tizones y otros desechos. Cuanto más fina fuese la ceniza más limpia quedaba la colada. A la ceniza se le adjudicaba ciertas propiedades de desinfección y blancura y hacía las veces de lejía.

Aparte se calentaba una caldera de agua en la lumbre y una vez en su punto de temperatura se echaba sobre la ceniza hasta que cubría por completo la ropa del coción. En este estado permanecía durante tres o cuatro horas, a veces una noche, quedando lista para su lavado y aclarado. Se sacaba la ropa, se metía en el balde, si cabía toda y sino se transportaba a lomos del burro hasta el arroyo para aclararla. Típica imagen la de las mujeres con el caldero o la losa en el anca o en la mano, y no menos el de un grupo de mujeres lavando en el arroyo. Era un espectáculo verlas en fila, una junto a la otra, y así una hilera de ellas inclinadas sobre la corriente del agua arrodilladas en la losa o el estremijo (un aparejo de madera acanalado o abalaustrado utilizado para restregar la ropa, semejante a los lavaderos actuales de los pisos pero con las estrías a lo largo y no a lo ancho de la tabla) iban aclarando las prendas al tiempo que daban rienda suelta a la conversación y a los comentarios de todo tipo. A medida que iban aclarando la ropa la tendían sobre la hierba o los juncos hasta que acababan de lavar. Por aquellos fríos de entonces les salían los posteriores achaques de huesos.

El arroyo era el punto de encuentro de las lavanderas y aquí acaecía una de las manifestaciones más notorias del tipismo popular. A veces llegaban a concurrir bastantes mujeres realizando la misma labor con los niños merodeando por el entorno porque en ocasiones lavar ocupaba toda una mañana o una tarde o todo un día entero.

 

Hilar y tejer

 

 Mujeres escarmenando e hilando al sol

 

Se podría precisar que era uno de los entretenimientos que más tiempo les ocupaba. No tenía ni principio ni fin porque entre lavar el vellón de lana, escarmenarla, cardarla, hilarla y tejerla, podían pasar semanas y lo más normal meses, ya que cogerlo a destajo era materialmente imposible. Había muchas interrupciones que la reclamaban y por eso lo hacía poco a poco, pero lo hacía. Cualquier momento en que nada ni nadie la reclamasen, cosa poco probable, retomaba la labor donde la había dejado. Ello ocurría por lo general en las noches invernales, tras acabar la jornada cotidiana y el rato se hacía largo y pausado junto a la lumbre de la chimenea. Si era escarmenar, piadosamente iba quitando las pajas u otros restos que quedaban; si de cardar se trataba, a por las cardas y a darle para un lado y para el otro hasta que quedaba suelta y esponjosa. El proceso era tan entretenido como hacer de la lana limpia y esponjosa un ovillo grande que se colocaría después sobre la rueca y a partir de aquí ir formando las hebras, retorcerlas y vuelta a retorcer hasta perfilar lo que sería el hilo. La lana se ponía sobre la rueca, que no era otra cosa que un palo acabado en tres ramas atadas. En ella se iba dando vueltas la lana perfilada hasta una cantidad determinada y el extremo se unía al huso, un utensilio de madera que era grueso por abajo y acababa en una especie de cono fino con estrías por donde se pasaba el hilo de la madeja. Así iba utilizando el huso con una destreza o maestría tal que con una mano lo hacía girar y con la otra retorcía la lana para formar las hebras. La lana entraba en el huso por la parte de arriba de las hendiduras y una vez formadas las hebras se iba enrollando a él. Pacientemente las mujeres iban haciendo los ovillos para después tejer las prendas o remendarlas. Aquí se demostraba la verdadera pericia del saber laborar de las mujeres.

Con los ovillos hechos tenía lugar una nueva fase, la de tejer. Antes, seguramente, la lana habría sufrido el proceso de teñirla para hacer la prenda del color deseado, utilizando para ello anilinas y azuletes. Con el material confeccionado se procedía a hacer el tejido. Teniendo en cuenta las necesidades de las gentes del pueblo, lo más normal era que los ovillos de lana se utilizasen para hacer piales para los hombres, talegos, mantas y algún jersey. Los tapamorros o tapabocas también eran prendas que estaban dentro de lo probable, los duros inviernos lo requerían. Hay que hacer constar que en el pueblo hubo oficio de tejedor y de sastre, aunque no tenemos referencias de tales oficios en el siglo pasado. Por eso las mujeres laboriosas se emplearon más a fondo para continuar la profesión de manera tradicional. Otro de los tantos oficios que no han quedado ni rastro en el panorama etnológico del pueblo.

 

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