QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Senderismo y rutas

 

Plano de senderismo  

 

Quintanilla de Tres Barrios es un pueblo de altura, de miras y de panorámicas. A ello contribuye sus 934 metros de altitud de promedio. Todo su término es paisaje abierto y horizonte lejano. Si algún día decides venir a visitarlo (que, por supuesto, estás invitado y serás muy bien recibido), déjate llevar por la fragancia del campo o por el susurro del viento y piérdete en la paz del silencio, que también es recuerdo. Tómate un respiro, tienes por delante un camino por andar.

Desde Valdecastilla (punto culminante, 1.024 mtrs.), en el límite con el término de Osma, donde cuentan las crónicas que en el año 1325 el hijo de Garcilaso de la Vega vengó la muerte de su padre matando a catorce caballeros y al cabecilla principal, natural de la vecina Morcuera, (ver apartado Historia) la panorámica es inmensa: se divisa a la perfección la sierra de Urbión y la de Guadarrama. El orbe a tu alrededor. Estás pisando terreno merinero. Por aquí pasa la Cañada Real Soriana, que también tuvo su pleito el pueblo con el Honrado Concejo de la Mesta (ver apartado Historia), en proceso de reconstrucción como ruta senderista enfocada al turismo natural.

A los pies de donde te hallas se encuentra enclavado un paraje camuflado entre monte de encinas que le confiere un atractivo muy original. Pasa por ser uno de los lugares más llamativos del pueblo, un paisaje natural todavía sin proteger, las Chorreras. Lo de chorreras le viene de casta, pues su denominación se debe al efecto de chorrear el agua entre la tierra empinada haciendo acanaladuras (para mayor información, ver apartado Qué visistar)

Las Chorreras, paisaje natural 

 

Por estos parajes se respira naturaleza e historia. Te encuentras en una encrucijada de cordeles, vías y cañadas. La vía o calzada romana que unía Clunia con Uxama sigue el trayecto del camino que enlaza el pueblo con El Burgo de Osma. Itinerario muy transitado en otras épocas y que el último reducto en hacerlo serían los habitantes de Quintanilla en su tránsito a la villa episcopal los días de mercado semanal. Aún se conservan vestigios (piedras labradas) cerca de donde te encuentras en el lugar conocido como la Calzadilla.

Sigue la ruta merinera hacia el oeste entre chaparros, enebros y jabinos. A ambos lados por los que transitas tienes balconadas o miradores que se abren entre el ramaje del monte. A la izquierda distinguirás a lo lejos la imponente silueta del castillo de Gormaz, que destaca sobre el resto de la orografía, o la peculiar fisonomía de Alcubilla del Marqués, un pueblo también con historia.  A la derecha se aprecia la estampa de nuestro pueblo que resalta como los rayos del sol sobre un espejo. Enseguida atravesarás el camino de El Cid en su destierro, próximo a donde se halla enclavada la Atalaya (en la que tiene lugar la tradición de mayor raigambre entre los del lugar) desde donde podrás divisar a la perfección los castillos de Gormaz y San Esteban, la atalaya de Osma, muchos pueblos diseminados alrededor del valle del Duero y el inmenso horizonte que se abre a tus pies.

 

 

Gira sobre ti mismo. Por la parte norte, la panorámica se extiende más allá de la tierra de los Avellaneda y de la Galiana de Ucero, la zona de pinares,  las montañas en forma de artesa invertida en el horizonte de Aranda de Duero o las cumbres del Guadarrama. Si te acercas por mayo, el sábado víspera de la Ascensión, podrás participar en una singular romería a la que sólo pueden asistir los varones (no es cosa del machismo sino que así viene establecido desde sus orígenes). Es de mucha algarabía y de ancestral tradición y marca el inicio de una alegre velada, empezando por la letanía, el buen almuerzo y el vino (ver apartado Tradiciones).

Decídete a visitarlo al declinar la primavera o al inicio del estío, cuando los campos ondulan sus granadas espigas y el ababol estalla en todo su esplendor. Si al caer la noche reposas tumbado mirando el firmamento estrellado y sientes el ensordecedor griterío de grillos y renacuajos, te parecerá que estás en el paraíso. ¡No lo dudes! 

En la otra añada del pueblo también se hace camino al andar. Sin tanta historia que contar pero con alguna leyenda que explicar. Caminamos por el Cerro, que nos lleva hasta el pinar. Desde aquí tienes una perspectiva paisajística del término de Quintanilla que quita el hipo. Te hallas en las inmediaciones del monte y en un terreno tan abrupto como el de la otra parte. Pero la contemplación sigue siendo impactante, terreno rojizo salpicado de chaparras y tomillo. Respira hondo, que el aire sano purifica los pulmones. Aquí la contaminación brilla por su ausencia y eso es calidad de vida. Como la paz del silencio, si procedes del mundanal ruido. 

Reinicia la marcha hacia el camino del monte y sigue por él en dirección al pueblo. Te encuentras en el camino Real, muy transitado en otros tiempos porque el monte fue  fuente calorífica de la que se nutría el pueblo. Al llegar a las inmediaciones con el camino de Matanza, por donde cruzaba la calzada romana que hemos mencionado, tienes dos opciones: desplazarte a la derecha en dirección a esta población o ir directamente al pueblo.

Si optas por la primera opción observarás que el terreno es más plácido para caminar. Una zona llana como el nombre del paraje, "la Llana", que te llevará a contemplar lugares que otrora fueron testigos de la historia. Ante tu vista vuelves a toparte con la vía o calzada romana, en un trayecto denominado, sin saber a santo de qué, la senda de las brujas, aunque puedes transitar por ella sin temor a su aparición, se las cargó todas la Santa Inquisición. En las inmediaciones es muy posible que en la Edad Media pudiera haber existido un poblado a los pies del topónimo conocido como la Torrecilla, muy cerca de donde pasó El Cid camino del destierro dejando atrás su Castilla natal.

Si te queda tiempo no dejes de pasar por el pueblo para departir un rato con su gente, si se tercia la ocasión. Date un garbeo por él que, aunque sencillo y un poco emborronado, todo hay que decirlo, siempre puedes llevarte alguna grata sorpresa. No dejes de visitar lo más típico y llamativo: bodegas, lagares, museo etnológico, fragua, etc.  

 

 

 

 

Si te produce buenas sensaciones y quieres contrastar experiencias vuelve, a poder ser apenas iniciado el otoño, momento en que la naturaleza explota en mil colores y el contraste cromático del campo se viste de ensueño. Si te acercas por el mes de octubre es posible que participes en la vendimia y puedas ver cómo se hace el vino por el método tradicional, o sea a la antigua usanza. Que alguien te cuente todo lo que llevaba aparejado antaño las mosterías. Octubre siempre ha sido un mes de órdago tradicional: la vendimia, la segunda fiesta del pueblo (antiguamente la principal) y la tradición de La Machorra (31 de octubre) que aún pervive. Y tantas otras costumbres que se han perdido. Pero queda el recuerdo con sus anécdotas. A poder ser que te las cuenten en una de esas veladas entrañables en la bodega en la que sólo las cubas conocen secretos muy bien guardados. O al calor ambiental del rústico bar de la Peña El Coyote. En cualquier caso estarás como en tu casa.