QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

                              Semana Santa                  

 

 

   

La Pascua, insignias e imágenes saludándose (años 60)

 

Con la conmemoración del Domingo de Ramos se cerraba el primer acto de la Semana Santa. Después vendría la Semana de gloria y de pasión. La iglesia sufría un cambio trascendental con el decorado que cubría su interior, el monumento, y unos hábitos enlutados cubriendo imágenes e insignias. Todo era tenebrismo absoluto. Por si no era suficiente el ambiente que se respiraba, el tañido de campanas anunciando la muerte de Cristo erizaba la piel. Estaba claro que se prohibía cantar canciones que no fueran exclusivamente de la Semana Santa. Cierto estado anímico parecía revelarse en el interior ofertado por un tenso Vía Crucis. Súplicas y oraciones mezcladas con cánticos para darle mayor énfasis a los sucesos acaecidos.

 

                         Perdona a u pueblo, Señor.

                         Perdona a tu pueblo, perdónale Señor.

                         No estés eternamente enojado.

                         No estés eternamente enojado, perdónale Señor.

                         Por los tres clavos que te clavaron

                         y las espinas que te punzaron, perdónale Señor.

                            

Las carracas, fieles servidoras de las campanas durante la muerte de Cristo, y el carracón que portaban los chicos se encargaban de recorrer las calles del pueblo anunciando las señales de la misa. El velatorio quedaba a merced del sumo visitante hasta altas horas de la noche.

 

Carraca y carracón (años 80)

 

Un Viernes Santo pletórico en manifestaciones con el tradicional paso marcaba la diferencia. El trazado del recorrido por donde transcurría la procesión, a extramuros del pueblo, condicionaba en mayor medida las circunstancias del crucial momento. El paralelismo y la supeditación respecto a las divinidades llegaron a sobrepasar límites insospechados. Este pueblo fiel, entregado a la bondad sobrenatural de lo celestial, no desdeñó en absoluto sus creencias cuando la ocasión lo requería. Uno de estos momentos de ofrenda y compartimiento de dolor estuvo ligado al paso de la Semana Santa en cuyo ambiente compungido se sigue ensalzando “el arado”. Canto en el que se compara el sufrimiento y sacrificio inmenso de la pasión y muerte del Señor con el apero más cotidiano del labrador. Del Arado se mantienen diferentes versiones por los pueblos de Soria quizá todas ellas extraídas de un mismo tema que se ha ido descomponiendo sin sufrir mutaciones considerables. Como queda dicho más arriba, nada se sabe del autor, pero junto a la Salve, y la Salve en Súplica de agua, quizá sean las canciones religiosas de mayor consideración.

                        El arado cantaremos / de piezas lo iré formando

                        y de la pasión de Cristo / palabras iré explicando.

                        El dental es el cimiento / donde se forma el arado

                        pues tenemos tan buen Dios / amparo de los cristianos.

                        La cama era la Cruz / Cristo la tuvo por cama

                        y el que siguiera su luz / nunca le faltará nada.

                        El timón que atraviesa / por el dental y la cama

                        es el clavo que penetra / aquellas divinas palmas.

                        La telera y la chaveta / ambas a dos hacen cruz

                        consideremos cristianos / que en ella murió Jesús.

                        La esteva es el rosal / donde salen los olores

                        María coge colores  / de su vientre virginal.

                        La reja era la lengua / la que todo lo decía

                        válgame el divino Dios / y la sagrada María.

                        El pezcuño es el que aprieta / todas estas ligaciones

                        contemplemos a Jesús / afligidos corazones.

                        Las orejeras son dos / Dios las abrió con sus manos

                        y significan las puertas / de la gloria que esperamos.

                        Las velortas son de hierro / donde está todo el gobierno

                        significa la corona / de Jesús de Nazareno.

                        Las hitas eran las gotas / de sangre que iba sudando

                        desde la casa de Anás / hasta el monte del calvario.

                        El timón que hacía derecho / que así lo pide el arado

                        significa la lanzada / que le atravesó el costado.

                        La clavija que atraviesa / por la punta del timón

                        significa el que traspasa / los pies de nuestro Señor.

                        El bazán es la saeta / que pintaron al costado           

                        y la corona el pañuelo / con que sus ojos vendaron.

                        El yugo era el madero  / donde a Cristo le amarraron

                        y las sogas son cordeles / con que le ataron las manos.

                        Los frontiles son de esparto / se los ponen a los bueyes

                        y al buen Jesús le ataron / con muy ásperos cordeles.

                        Los bueyes son los judíos / que de Cristo iban tirando

                        desde la casa de Anás / hasta el monte del Calvario.

                        Los collares son las fajas / con que le tienen fajado,

                        los cencerros los clamores / cuando le están enterrando.

                        La azuela que el gañán lleva / para componer su arado

                        significa el martillo / con que remachan los clavos.

                        El gañán el Cirineo, / el que Cristo le ayudaba

                        a llevar la Santa Cruz / de madera tan pesada.

                        Las toporras que se encuentra / el gañán cuando va arando

                        significan las caídas / que dio Cristo en el Calvario.

                        El surco que el gañán lleva / por medio de aquel terreno

                        significa el camino / de Jesús de Nazareno.

                        La hijada que el gañán lleva / agarrada con la mano

                        significan las varas / con que a Cristo le amarraron.

                        El agua que el gañán lleva / metida en el botijón

                        significa las hieles / que le dieron al Señor.

                        Ya se concluyó el arado / de la pasión de Jesús

                        adoremos a María / que nos dé su gracia y luz.

                        Ya se concluyó el arado / de la pasión del Señor

                        que lo han cantado las mozas / Viernes Santo de pasión.

  

Después, en la iglesia, tendría lugar los oficios pertinentes entre ellos el lavatorio de  pies a los “discípulos”, doce niños en edad escolar que se prestaban a ello, por parte del cura que se los besaba y que posteriormente se tumbaba en el suelo como muestra de entrega. Oraciones, cánticos melancólicos, el Vía Crucis y toda la parafernalia de representaciones de la vida de Cristo en el Calvario tenían lugar dentro del recinto.

La tristeza se descongestionaba en el momento de la resurrección de Cristo. Explosión de júbilo al toque de las campanas anunciando la buena nueva a eso de las doce del mediodía. Un decorado totalmente diferente aparecía tras el Aleluya. Vuelta a la alegría, a cantar lo que a uno le placía, y sobre todo, cuando sonaban las campanas era costumbre coger doce cantos porque podía ser presagio de buena suerte.

 

Jesucristo y su madre besándose  

 

Con esta cara aparecía el Domingo de Pascua. Cualquier motivo era de buena nueva, de signo positivo y divino hasta el extremo de que la obsesiva mitificación llegó a caricaturizar las figuras del cura o del propio sacristán en un día en que cualquier acepción gozaba de beneplácito en aras del recitador o animador, mejor animadora, del cotarro mediante estrofillas que llegaban incluso a ridiculizar a las personas aludidas. Una especie de bufonada pacientemente aceptada. Se cantaba:

                        Esta noche ha florecido / el furor en las alturas

                        Dios quiera que así florezca / la gracia en el señor cura.

                        El sacristán de este pueblo / es muy agudo de patas

                        y al subir la cuesta arriba / se le caen las alpargatas.

       

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