QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Pingar el Mayo

 

El último Mayo que se pingó en el pueblo (1984) recuperada la 

tradición tres décadas después

 

Simbólicamente mayo ha venido siendo un mes de celebraciones y solemnidades. Con el renacer de la primavera, su llegada marca el resurgir de la naturaleza y la explosión de los sentimientos. La estación del amor y del dolor. Del amor terrenal y celestial. Del dolor por la penosa situación en que se encontraban en ocasiones los campos llegado este tiempo. Después veremos sus clemencias. El mes de María no olvidaba las habituales tardes de rosario ni sus Novenas y Rogativas, ni la celebración del patrón San Isidro, que después de haber bendecido los campos ni entraba ni salía en el panorama que se avecinaba. A Dios rogando y a los sufridos habitantes del pueblo sólo les quedaba rezar, implorar y recitar aquello de “tente nublo, tente tú, si traes agua vente aquí, si traes piedra vete allá, a las eras de Alcalá”. Y con el miedo en el cuerpo durante todo este tiempo.  

En este marco oficioso, mayo daba la bienvenida al mes de la luz y del color, y comenzaba con la pingada del mayo. Los protagonistas eran los mozos, a quienes en ocasiones acompañaban también los casados. El ayuntamiento les concedía el permiso   para poder cortar un chopo, generalmente aquel que más destacaba. Durante la noche se desplazaban al lugar y lo talaban, transportándolo al pueblo en un carro tirado por ellos mismos, si las condiciones del trayecto lo permitían, hasta la plaza del pueblo donde quedaba pingado. No resultaba una faena fácil ponerlo recto por el peso y los inconvenientes. En alguna ocasión los cables de la luz sufrieron las consecuencias. Se necesitaba ayuda y destreza, y en más de una ocasión serían los casados quienes se comprometían a hacerlo realidad. Tal era la ayuda que por alguna parte se oye una cancioncilla que dice así:

                                   Vítores a Mayo que te empinaron,

                                   pero fue con la ayuda de los casados.         

 

En la copa del mayo –que así se llamaba el árbol enhiesto-,  eliminadas todas las ramas, se solía colocar una especie de reclamo que servía de acicate para demostrar a los presentes quién era el mejor trepador. Gran expectación la que levantaba el momento en que los participantes se reunían en la plaza para llegar hasta las alturas y alzarse con el señuelo, que solía ser una botella de licor, roscas, bolsas de caramelos, etc. Por tal motivo las mozas solían cantar a sus héroes:

                        Mozo ya llegaste arriba, descansa un poco y sereno,

                        que las roscas de estas mozas, ya las puedes dar un tiento.

 

Así permanecía el mayo como símbolo fálico que se le ha querido considerar o como una exaltación a la llegada de la primavera. Permanecía clavado durante todo el mes y después era subastado al mejor postor, quien pagaba el montante de la operación a los mozos. Remanente que a veces recaía en los mozos o bien en los quintos de aquel año. El destino, en cualquier caso, era una merienda.

 

Estado actual de la tradición: desaparecida.