QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Novenario

La situación originada por las circunstancias contradictorias que acechaban los cultivos llevaba aparejado el apremio del campesinado. La naturaleza no mostraba signos o indicios que indujeran a pensar en un cambio que supusiera lluvia para el campo. Augurios no faltaban. El sol no se ponía con ceja, las cometas quedaban lejos de la realidad, y en la luna no se apreciaba cerco alguno que auspiciase un cambio inmediato del tiempo. Situaciones todas ellas propensas a la lluvia. Animo y esfuerzo físico quedaban derogados aunque la fe y la esperanza se mantuvieran. Será a partir de este momento crucial cuando empiece a renacer el fulgor espiritual con más ahínco, respaldado por la esperanzadora creencia y por la fe de salvación que tomaba la petición de súplica de agua para los campos.

 

El ritual

La situación no podía derogarse por más tiempo. Reunidas las Cofradías de la comarca de San Esteban de Gormaz, acordaban establecer las fechas y los pueblos que debían rendir culto a sus respectivas divinidades para llevar a cabo la petición de agua.  Cronológicamente, cada uno de los pueblos designados iba poniendo en práctica su programa, que podía extenderse hasta dos meses de duración.

Novenas y Rogativas podían considerarse como la cara opuesta de una misma moneda con idéntico valor. La diferencia existente había que verla en que mientras las primeras se circunscribían a un marco de acción más reducido -el propio ámbito poblacional-, las segundas se ampliaban a la totalidad de los pueblos de la zona que reunidos en la cabecera de la comarca, San Esteban de Gormaz, o en la del partido episcopal, El Burgo de Osma, ofrecían en común sus prebendas y sus oratorias.

El primero y el último de los días del programa novenario eran, a tenor de lo sucedido, los de mayor consideración y colorido y, en cierto modo los más dignos de mención. Se consideraba a todo los efectos días festivos la práctica de estos actos.

La apertura consistía en una solemne procesión a través de parajes confines al pueblo, en la que participaba todo el contingente poblacional. En Quintanilla de Tres Barrios, la comitiva, encabezada por el pendón y presidida por la Patrona, la Virgen de la Piedra, ataviada con manto negro en señal de dolor por el cariz que tomaban los acontecimientos, iba acompañada por el Santo Cristo de la Misericordia y la Santa Cruz. El rito, en el que no faltaba la oración  -letanía-, quedaba impregnado por el misticismo que se respiraba: el tañido de las campanas y las nostálgicas canciones infundían suspense a la ceremonia. Una ceremonia que volvía a repetirse el último día del novenario. Ambas procesiones apenas admitían diferencias notables, exceptuando, si la lluvia había hecho acto de presencia, el distintivo del manto de la Virgen, de color blanco, y el acaloramiento de las canciones -la misma letra pero con notas más alegres- como mecanismo de respuesta colectiva hacia las divinidades.

Al margen de los procesos litúrgicos acabados de reseñar, la devoción y la evocación del resto de los días del novenario quedaba restringida al encuentro del atardecer. El regreso a casa tras el cese del trabajo coincidía con la llamada de la campana anunciando el inicio de la ceremonia. La oración -el rosario- y el canto -la Salve y el resto del cancionero preparado para la ocasión- era el contenido básico de unas jornadas diarias. La constancia y el fervor religioso de los fieles participantes se hacían evidentes a tenor de la gran concurrencia y ni siquiera el fogoso trabajo del campo era motivo para excusarse la concurrencia.

El significado de la manifestación conservaba todo su provecho y sabor tradicional. Pero si digno de mención es su significado, no lo es menos algún aspecto de su contenido, en especial la gama de canciones que el acto llevaba implícito.

 

El cancionero

La exposición del cancionero es rico e inmenso. En su totalidad son canciones ya casi olvidadas y en trance de desaparición. Se ha conseguido recopilar la práctica totalidad, de las cuales se exponen en este trabajo la mayor parte de ellas. Durante los días de celebración de las novenas se cantaba indistintamente todas ellas. No obstante, algunas quedaban condicionadas y relegadas, como en el caso de la procesión, a circunstancias y lugares concretos fuera de los cuales no tenían mención por requerirlo, precisamente, el momento.

 

                 Alcaldes y regidores / celadores de esta calle

                 tengan cuenta de esta Rosa / no nos la deshoje nadie.

                 Virgen Santa de la Piedra / ahora que vas por las eras

                 mándanos agua, Señora, / que se secan las avenas.

                         

En otras, la petición de lluvia se hacía extensiva a todo el término sin distinción:

                 Cristo bendito / ¡ten compasión!

                 Mándanos agua / por el Torrojón,

                 por la Atalaya, / por los Quemados,

                 dando la vuelta / por todos lados.

 

La psicosis agua aparecía relacionada por doquier. Cualquier circunstancia era vinculada al hecho trascendental de la sequía como principal condicionante:

 

                 Qué desgracia de una madre / cuando un hijo le pide pan

                 con el cuchillo en la mano / sin poderlo remediar.

 ****

                 Hasta los pájaros piden / agua para beber en los charcos

                 y nosotros, labradores,  / agua para nuestros campos.

                 Hasta los pájaros piden / agua para mojar el pico

                 y nosotros, labradores, / agua para regar los trigos.

 ****

                 Los niñitos de la calle / se dicen unos a otros

                 si no nos mandan el agua / pronto moriremos todos.

 

 

El comportamiento durante las súplicas penitentes se ajustaba a una normativa estricta e intachable. El grado máximo de comportamiento y de devoción compensaba e influía, según sus propios criterios, en la petición.

 

                        Vecinos de Quintanilla / arrepentíos sin jurar,

                        que la Virgen de la Piedra / por nosotros mirará.

                        A los señores del pueblo / les tenemos que advertir

                        que ésta es la casa de Dios / y no se deben reír.

                                                         ****

                        Al entrar en este templo / entremos con devoción

                        no entremos atropellados / que ésta es la casa de Dios.

 

La mayor proliferación compositiva estaba dedicada al sujeto directo de la ofrenda. La patrona del lugar, la Virgen de la Piedra, se llevaba la palma del cancionero. En su honor se realizaban los rituales:

 

                        En lo más alto del cielo / hay una nube muy blanca

                        es la Virgen de la Piedra / que ha subido a pedir agua.

                        Ya se han retirado las nubes / al otro lado del mar

                        y la Virgen de la Piedra / las ha mandado llamar.

                        Virgen Santa de la Piedra / manojo de perejil

                        mándanos agua a los campos / que nos vamos a morir.

                        Virgen Santa de la Piedra / manojo de perigallo

                        riéganos pronto los trigos / que nos morimos este año.

 

El resto de las divinidades también eran invitadas a desatar el nudo que agonizaba el sino del devenir de los campos, de las cosechas y de su subsistencia.

 

                        San Pedro tiene la llave / de los ríos caudalosos

                        y Cristo la misericordia / los abrirá con sus ojos.

 

Si el objetivo se había cumplido, la alegría era desbordante. El cariz presentaba un ambiente distinto, alegre, jubiloso. También la acción de gracias era inmensa. La alusión al logro conseguido quedaba reflejada en este verso:

 

                        Virgen Santa de la Piedra / qué alegría que nos das

                        que nos has regado el campo / a todos en general.

 

A través de lo expuesto se deja entrever la diversidad de las composiciones con etiqueta de súplica de lluvia para el campo. Canciones interpretadas durante los días que duraba la petición, ejecutadas al azar, a excepción de las circunscritas a situaciones determinadas y evocadas a la luz de cualquiera que las pusiese en boca de los demás.

 

                                    Imagen figurada de las Rogativas

 

Al margen de toda esta amalgama de versos, no podía faltar en un acontecimiento de esta índole la razón principal del encuentro, traducida igualmente en canto: la Salve a María Santísima. Cantada todos los días de la veneración, en procesión o en la iglesia, su contenido reflejaba la más firme proposición formal del motivo a que estaba dedicada. Sin duda era la de más bella factura, tanto por su significado y expresión como por su ejecución, que seguía unos cánones de interpretación. Las dos primeras estrofas de cada verso eran cantadas por el sacristán, o en su sustitución, por alguna de las mejores voces. A las dos últimas respondían el resto de los asistentes. Como ocurriese con las otras canciones, la tonalidad difería si la lluvia había hecho acto de aparición.

 

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