QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

 Jueveslardero y Carnaval, antaño

                     (Febrero, 2017)

 

 De tal manera se disfrazaban los mozos allá por los años 60    Foto: María García

 

Pasada la Navidad, el calendario festivo apenas presentaba algunas menudencias de costumbres, lejos de la matanza, como podía ser el día de San Antón, San Blas o Santa Águeda. Pero de poca monta, para romper un poco la rutina. El día de San Blas, 3 de febrero, a la primera persona que viese la cigüeña y se lo hiciese ver al alguacil, se le daba una azumbre de vino (2 litros). Y el día de Santa Agueda, pues eso, que por un día mandaban las mujeres, que no era poco. 

Las primeras tradiciones en serio venían a continuación, allá por el mes de febrero. Cierto es que ya desde mediados de enero alguna ya se iba preparando. En la escuela se empezaba a ensayar los sones de las canciones para el día de Jueveslardero. Ya iba calentándose el ambiente, porque cualquier cosa que rompiese la monotonía nos llenaba de cierto gozo y alegría. Los chicas y chicos de la escuela esperábamos con ilusión la llegada de Jueveslardero. Un día pleno de diversión.

 

Aquí todavía no revivíamos Jueveslardero en toda su intensidad    Foto: María García  

 

Por lo general solíamos entonar un par de canciones, tampoco era cuestión de aprenderse un repertorio. Las típicas, las populares, El señor don gato y De Francia, de Francia vengo. Con ellas teníamos cubierto el cupo. Cupo que poníamos en escena el jueveslardero por la mañana. Nos dividíamos en dos grupos y cada cual por un lado del pueblo iba de puerta en puerta pidiendo la voluntad, o sea una limosnita para aquellos niños que tenían que sacar provecho para la merienda de la tarde. Cantar quizá no lo hiciéramos bien, pero le poníamos ganas. El pueblo era un clamor. Se oían los sones desde el monte. ¡Éramos tan jóvenes que la voz nos salía hasta por las orejas! Claro que peor era que no se oyese cantar porque ello quería decir que no nos daban aguinaldo. Pero quien no nos daba unas perras chicas, nos daba algo de comer, aunque fuera una mandarina. En aquellos tiempos a nadie le sobraba nada. 

 

A veces cantábamos tan mal que nos cerraban la puerta      Foto: Constan Romero

 

Con lo recaudado solíamos comprar naranjas para postre y gaseosas para la merienda de la tarde. Salíamos a las afueras del pueblo a merendar y a jugar. Como era tradicional, la merienda consistía en chorizo y huevo, bien separado o bien en tortilla, pero si no era así no parecía que fuera un día de tradición. Jugábamos a pillar o al escondite, dependiendo donde fuéramos. Cantábamos, gritábamos y todos tan contentos. Después a merendar en armonía. Disfrutábamos de lo lindo y siempre fue un día muy esperado que pasaba en un santiamén.

 

    Todos los aquí presentes han participado más de una vez en los carnavales

 

Menos mal que nos quedaba Carnaval. También era un día muy esperado... aunque las chicas y mozas no lo pasaban demasiado bien. Todo por lo brutos de los mozos que se dedicaban a molestarlas. Porque la tradición mandaba que lo original en el pueblo era echarles la pelusa del fruto de las esparagañas haciéndolas explotar en las espaldas, en las piernas o en el culo, donde uno mejor pudiera y le dejaran. Porque depende cómo podía armarse la marimorena, en plan bien o en plan mal. Sufrían lo suyo. Los chicos, más bien los mozos, buscaban a las chicas y mozas por las calles, recovecos o escondites. Si no las encontraban intentaban meterse en las casas para dar con ellas. Aunque siempre había refuerzos para impedírselo en muchas ocasiones burlaban la guardia. Y entonces... se defendían con uñas y dientes o con lo que encontrasen a mano, depende del genio de cada cual y de la manera en que se empleasen ellos.

 

        La cosa no pasaba a mayores porque así de juntos se les veía después

 

Tras la tempestad siempre volvía la calma. Por lo general era una lucha sin malos modales sino de que se hiciera ver la hegemonía de los hombres. Que no era poco para ellas.  Lo cierto es que después del encontronazo y sin pelusas ya presentes, no eran pocas las ocasiones, por lo general, en que cada grupo de mozos solía ir a merendar con su homónimo de mozas. Seguramente ellas ya tendrían preparadas aquellos divinos duces que eran las tarrajuelas o los florones, típicos de estos días. Y se divertían, cantaban y bailaban al son de las letras a capela que salían de unos y otros y daba cuerda para rato. La noche podía esperar. Un día era un día. Y como se solía decir, aunque hubiese malparados, "de Carnaval todo pasa".

 

Carnaval hacía un hueco en el trabajo para todos. La tarde era de fiesta popular para pequeños, medianos y grandes. Todos disponían de una tarde de asueto. El martes de carnaval era costumbre que el pueblo hiciera hacenderas para arreglar caminos y, especialmente, para ir a cortar leña al monte para alimentar las estufas de la escuela, la del maestro, la del secretario... Y por la tarde se hacía fiesta. Cuando caía el sol, los vecinos del pueblo se juntaban en el salón a merendar, como mandaba la tradición, cosa de la matanza, y también huevos. El vino lo ponía el ayuntamiento. Así que día grande para todos. También era costumbre este día obsequiar a diferentes personas con productos de la matanza, cualquier cosa de sus muchos productos. El maestro, el pastor, o cualquier personalidad recibían el detalle de la gente humilde del pueblo que sabía premiar los servicios prestados.

Carnaval y jueveslardero siempre seguirán estando en la memoria de sus gentes, aunque ya no se escenifique.  

 

 

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El pueblo en el sosiego invernal

                              (Enero, 2017)

 

  

                    Paisaje nevado, típico de aquellos tiempos invernales

 

Que no por ello la actividad permanecía muerta. Siempre había motivos para mantenerse activo a diario. Tiempo de relativa calma sin dar tregua a cuantos trabajos surgían en los días gélidos de más penumbra. Había cierto respiro en las labores del campo, aunque siempre se podía recurrir a cualquier faena preparatoria de cara a la nueva añada.

Rememorar aquellos inviernos es dar fe de la crudeza climatológica que se palpitaba en el ambiente. Tremendas nevadas de las que había que abrirse paso tirando de pala y no las vencía fácilmente el sol durante varias semanas. Chuzos (carámbanos) que colgaban del alero de los tejados y los chicos hacíamos de ellos nuestros pirulís. Tiempo gélido. Chimeneas que echaban humo durante todo el día a costa de las rajas de chaparro en la lumbre que intentaban no dar tregua al frío. El monte era uno de los lugares de destino durante este tiempo; allí la gente pasaba buena parte de los días cortando leña a hacha o recogiendo bellotas para dar de comer a las cerdas.

 

           Matanza tradicional, con la nieve en los pies                Foto: Joaquín Liaño

 

¡Cerdas! Recuerdos imborrables los de la matanza. Un acontecimiento digno de reseñar, el encuentro con la carne, la esperanza de la despensa. ¡La matanza! Cuántas vicisitudes en torno a estos días. Cada momento de ella era un acto peculiar que no se repetía durante el resto del año. Un rito que transmitía energía familiar, que condensaba el encuentro entre gentes cercanas que participaban en el evento. No sólo era la familia nuclear sino los más allegados a la misma, a la que se añadía por invitación los amigos de otros pueblos, el pastor, e incluso parte del vecindario. El caldo de morcilla servía para enlazar amistad y buena armonía.

 

 

 

Las morcillas al oreo en la cocina

 

Pero la matanza era mucho más que eso. Era la fiesta de la carne, la fiesta de la cordialidad, de la alegría, del buen ambiente familiar. Era una festividad y quienes más y mejor lo exteriorizaban eran los más jóvenes que durante la noche sacaban a relucir su algarabía en sus rondas por las calles haciendo sonar cualquier artilugio que hiciera de instrumento musical. (Ver apartado Conoce Quintanilla-Tradiciones-La matanza)

Para el recuerdo queda también otra pincelada costumbrista en la semblanza del pueblo. A la caída de la tarde, el inicio de las eras se convertía en el punto de encuentro de gran parte de la población. Sucedía a diario y el motivo no era otro que recoger cada cual sus ovejas que el pastor traía de vuelta a casa. Cada mañana el pastor iba casa por casa de cada uno de los amos que llevaba sus ovejas al redil para avisarles del lugar adonde debían llevarlas, "a soltarlas a la Carrancha", o a cualquier otro lugar.

 

Amamantando al corderilo en una calle del pueblo

 

Y por la tarde casi siempre se recogían en la era. Un gentío. Un bullicio. Los chicos jugando por las cercanías, los adultos hablando de sus cosas elevando la voz en el eco de la tarde. Algo  para recordar en tiempo de paridera de las ovejas. (Seguir leyendo en el apartado Conoce Quintanilla-Sociedad-Oficios)

 

Leonardo con su rebaño de ovejas pastando

 

La esencia del tiempo invernal se condensaba en quehaceres puntuales que mantenían en reserva los esfuerzos del resto del año. Los hombres mataban el tiempo haciendo preparativos, arreglando arreos, utensilios, albarcas o preparando el cajón para los cerdos que pariera la cochina. Había que sacar las camas a los animales, digamos machos, cerdos, ovejas, conejos. Los muladares echaban humo por alrededor del pueblo. En los ratos de ocio, los hombres salían al campo a cazar, dejando tras de sí un cúmulo de acontecimientos con los guardas del campo por cazar de manera furtiva. Carreras para intentar ocultar la personalidad para no ser multados. 

Las mujeres, siempre tan afanadas, pasaban buena parte de las tardes invernales al sol, al cobijo del cierzo o del ábrego. Pero no de cháchara sino laborando prendas de vestir, ya fuera zurciendo, cosiendo o tejiendo piezas para resguardarse del frío o para tener contingente durante el resto del año. Reseñar la estampa típica de las mujeres en distintos puntos del pueblo formando corrillos y dejando el tiempo pasar entre labores y cotilleos. Estampa típica, semejante a la que representaban el cuadro de lavanderas en el arroyo, también en tiempo invernal con los sabañones a flor de piel.

 

Corrillo de mujeres al sol que más calienta

 

Como en cualquier estación del año, el invierno en el pueblo tenía en su calendario muchas peculiaridades y eventos costumbristas festivos y tradicionales. El contexto de la Navidad era una justificación de todo ello. La fe, la devoción, la ilusión,... la sencillez de las cosas cotidianas. Pequeños aconteceres que hacían resurgir el ánimo, como Juveslardero, Carnaval, o cualquier vicisitud que contrastara con la rutina habitual.

El invierno al paso del tiempo se hacía lánguido hasta que la luz solar se desmelenaba de la larga penumbra. Los días iban tomando alivio y poco a poco comenzaba a templarse la vida campesina. Primero sería la poda de las muchas viñas que por entonces poblaban el término, luego vendría la preparación del terreno para la nueva temporada agraria. El campo volvía a tener más protagonismo cuando el invierno comenzaba a declinar. Hombres y mujeres recobraban sus roles de campesinos y se lanzaban a la conquista de una cosecha que pudiera recompensarles el esfuerzo realizado.

Cuando marzo asomaba las orejas, los tapamorros protegían el rostro de las gentes que salían al campo a dar la bienvenida al nuevo episodio de labranza. En el eco del silencio comenzaba a oírse las primeras voces alentando a los machos, o los silbidos del pastor para mantener la compostura del redil. Atrás iba quedando el letargo del tiempo, las sombras de la inercia, para dar entrada al temperamento febril del cultivo. Hábitos, modos, maneras y en definitiva páginas de una historia escrita en el apego y la semblanza de la gente del pueblo que nunca tendrá continuidad. 

  

Paisaje nevado en la estación invernal 

 

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Otoño en Quintanilla: imagen y sensibilidad 

(Octubre, 2016) 

  

Otoño dorado en todo su esplendor

 

El proeso biológico tiene sus días contados con la llegada del otoño. Un largo periplo en el que el germen mantiene en vilo la esperanza de conseguir un camino lo menos tempestuoso posible. Otoño es sinónimo de edad dorada, de final de ciclo, de recolección de procesos, de etapas, de frutos que se han ido consolidando en el embirón nacido a renglón seguido del resurgir de la primavera.

Otoño al paso del tiempo va dejando atrás voluntades emprendidas para lograr los objetivos deseados. El es final del curso de la producción, la etapa reina en la que los resultados llegan en función de la apuesta, del desgaste, del emprendimiento, de la dedicación. Es como la vida misma, en idéntica intensidad con el esfuerzo desarrollado para lograr los ideales propuestos.

Otoño es confluencia de valores morales y anímicos según se haya apostado por la consecución de las metas aunque los propósitos reboten en las inclemencias de la vitalidad y devuelvan al espectro todas cuantas apuestas se pusieron en juego.  

 

 

        Frutos de todo un proceso activo mantenido por un experto como Alejo 

 

Procesos y etapas que se van consolidando a lo largo de los días con el apoyo y la asistencia permanente para mantener en vilo la esperanza. La esperanza de ver cumplidos los deseos de que llegue ese otoño premonitorio viendo caer las hojas, satisfechos por haber logrado sobrevivir a las tempestades. El ciclo de la vida hace sonar los clarines y redoblar los tambores. La suerte está echada, sólo hay que esperar a que la diosa Fortuna tome su predilección para que el otoño sea más o menos benévolo. Los augurios los van marcando los atardeceres y hasta la luna tiene su protagonismo. Es la que marca la casuística de las cosechas y sus frutos.

 

 

 

Paisaje típico otoñal en el que se aprecia un corzo (centro)

 

Otoño es penumbra en la equidistancia de la vida, es ceniza volcánica del candor estival. El colorido de su lava es el tornasol del paisaje que durante días lucirá sus contrastes luminosos. Es belleza perecedera que le da tonalidad a los campos, a sus rasgos, a su textura, antes de disgregarse en lo etéreo, en lo sideral.  La nebulosa apariencia es la premonición de lo que está por llegar: la eclosión de la edad que poco a poco va supurando las llagas de la senectud. 

Los animales tampoco son ajenos a su llegada. Ahuecan el ala para cobijarse en los lugares más recónditos donde el espectro de la sombra continuada no deje pasar el color cenizoso de su semblante. El otoño azota la piel que siente el espasmo de sus coletazos.  

 

                              Cielo nebuloso en tarde invernal del pueblo

  

La caída de la hoja, las hojarascas, el viento tempestuoso, las nubes volanderas. Siempre dan lugar al presagio, a lo que se nos avecina, al desafío de tener que dar pie a la esperanza porque se nos cierne un panorama presuntuoso. La noche absorbe al día, el calor se va evaporando, las personas se enquistan, cuando no desaparecen. Los pueblos se quedan insólitos, sin aliento, sin alma, sin esperanza, sin fe ni continuidad. Las nubes borrascosas se llevan en volandas sus almas y sólo queda la soledad que se va colando por cada resquicio de puertas y ventanas cerradas a cal y canto. Se les va la vida en un suspiro sin que nadie nos quejemos por su muerte. El otoño es culpable de que la vida se enquiste en los pueblos. Hay que arrancarle las entrañas, ¿o quizá sea a sus hijos?

 

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