QUINTANILLA DE TRES BARRIOS

Artesanos

 

Tejedor

 

 Telar manual tradicional

 

Aunque no fue un oficio artesano muy relevante ni demasiado representativo en el panorama de oficios que se dejaron ver por el pueblo, la figura del tejedor tuvo su preponderancia y continuidad hasta bien entrado el siglo pasado. No tenemos constancia de su desaparición pero probablemente existiera hata su primera mitad. Sin datos que lo constaten podríamos aventurar que trabajaría en un taller ubicado en la propia casa, en una dependencia destinada a este menester. En él se encontraría el típico telar manual horizontal de fabricación propia y por tanto rudimentario y todo lo necesario para hacer las telas. En su entorno habría tintes, que a buen seguro estarían hechos de productos del campo bien conocidos por su sabiduría, de la flora y de algún insecto, de los que extraer colores para la confección. Trabajaría fundamentalmente con materias primas de origen vegetal, como el lino o el cáñamo, y de origen animal, como la lana. De todo ello, quizá la lana de oveja fuera la más utilizada para confeccionar prendas de vestir, de cama, mantas y demás. En el pueblo hubo profesionales artesanos dedicados a la confección de estas prendas y se conocen algunos utensilios utilizados para esta labor, es el caso de la agramanera o de la espadeta.

 

A la izquierda, casa del tío tejedor, como se la ha conocido en el pueblo

 

Hay que tener presente que hasta bien entrado el siglo pasado, en Quintanilla era frecuente encontrar fincas dedicadas al cultivo del cáñamo y del lino, cuya cosecha tenía lugar una vez acabada la trilla. Se cogían en manojos y se dejaban hasta que la simiente se secara, momento en que se iba golpeando para desgranarla, semejante a como se hacía con el centeno para hacer el bálago. Acto seguido se llevaba al arroyo o a cualquier balsa de agua, y el cáñamo totalmente cubierto permanecía durante 15 o más días. Pasado este tiempo se dejaba secar para machacarlo posteriormente con la agramadera, un dispositivo de madera en forma de guillotina de base hueca, para dejar las fibras sueltas. Este proceso se hacía con el cáñamo caliente, bien por el sol o por efecto del calor de la lumbre. Terminado el trabajo se procedía a la limpieza de la fibra.

Los manojos obtenidos se pasaban al “espadado”, y era aquí cuando se utilizaba la espadeta, un utensilio de madera de unos 50 cm. de longitud que dispone de una corta empuñadura para asirla. Con ella lo que se hacía era quitar de las fibras los trozos pequeños de la corteza de cáñamo que había quedado de las anteriores operaciones. Para ello se golpeaban los manojos de fibras en el borde de una silla o mesa con esta espadeta. Después los manojos de hebras se pasaban por un rastrillo de púas para peinarlas bien y quedar listas para el hilado.

 

Telar manual tradicional (foto: Alejandro Plaza)

 

Todas estas complejas operaciones finalizaban en el telar, donde se confeccionaban diferentes clases de prendas de lienzo: sábanas, camisas, paños, toallas, cubiertas, talegas, etc. Con el resto sobrante de peor calidad del cáñamo, cuyas fibras se denominaban estopa, se hacían alforjas, cubiertas, mandiles, etc. y otras prendas usadas para las faenas del campo.

El proceso de confección se entendía según las siguientes fases: Se devanaban las madejas que se situaban en la devanadera para hacer los ovillos. Después se enrollaba el hilo para introducirlo en la lanzadera y a continuación tenía lugar las labores del tejido: urdirlo, asentarlo en el telar, enhebrar el peine, amarrarlo y por fin, tejerlo.

El proceso de tejer se entendía según la forma de enredar los lisos, el número de ellos que se utilizaban y también según los movimientos de pedales del telar y así se obtendrían los resultados. El liso es para obtener tejido liso o básico, con cuatro lisos se obtendría el de jerga o de espiga. De este tipo de trabajo se obtenía los lienzos de lana para mantas, fajas, sayas, etc., prendas todas ellas muy llevaderas entre las gentes del pueblo en años pasados.

 

 Herrero

 

 El herrero en su trabajo

 

El oficio de herrero fue tan primordial en los pueblos como lo son los talleres mecánicos en las ciudades. Sin él hubiera sido imposible mantener el equipamiento de labranza en buenas condiciones evitando situaciones difíciles y transcendentales para muchos labradores del pueblo. A él acudían en ayuda, como lo hacemos con el médico cuando nos encontramos pachuchos, para arreglar cualquier instrumento o utensilio de labranza o para ponerle “zapatos” nuevos a las sufridas caballerías. El trabajo del herrero consistía, además, en elaborar objetos de hierro utilizando para ello herramientas manuales para martillar, doblar, modelar o cualquier otro método utilizado para dar forma al hierro cuando se encuentra en estado maleable por el efecto del calentamiento incandescente para posteriormente someterlo al proceso del forjado. 

Herrador. No se conoce a ciencia cierta, pero es  posible que el herrero pudiese haber desempeñado en alguna ocasión herrar o poner calzado a las caballerías. Pero de esta función se ocupaba exclusivamente el herrador, persona experta en calzar a las bestias. Hacemos capítulo aparte en este apartado para hablar escuetamente de su trabajo pues de alguna manera estaba vinculado o asociado al que llevaba a cabo el herrero, o al menos tenía cierta relación. En el Archivo municipal hay documentos que recogen las condiciones del trato en que se ajustaba, a tenor de como sigue:

"En este día 29 de septiembre de 1844 se obligó Gregorio Alonso, otorgante de la anterior escritura a herrar todas las yuntas de labor de este pueblo que abajo se expresan por tiempo de un año que da principio en este día y concluye en otro igual de 1845, por cuyo trabajo y coste se ha de pagar los amos de las yuntas y reses que calce a veintinueve reales cada yunta: cuyas cantidades se le han de dar cobradas por el Ayuntamiento en el mismo día que cobre el salario de granos que será en septiembre; por cuyo trabajo ha de dar de refresco … de lo que aparece en la escritura dos cántaras de vino; y las yuntas que ha de errar o calzar son las siguientes… (serán 36 animales que corresponden a 19 vecinos que tienen entre uno y tres mulos). Con esta conformidad se obligó dicho Alonso y los vecinos labradores que quedan expresos".

A lo largo de los años, el herrador continuó ofreciendo su trabajo a la gente del pueblo.

El herrero trabajaba con hierro negro, color que se debía a la capa de óxido que se depositaba sobre la superficie del metal durante el calentamiento. Aún permanece en la mente de las generaciones de su tiempo los trozos de hierro de formas curiosas y diversas que quedaban esparcidos por los alrededores de la Fragua. El modo de operar era calentar las partes del hierro que tenía que dar forma para lo cual hacía uso del martillo, golpeando la masa en el yunque. El calentamiento lo hacía en una forja de leña de chaparro, de la cual en Quintanilla siempre hemos estado bien abastecidos. Para ello, algún herrero se desplazaba a Valdeosma a por brezo, con el que hacía el carbón.   

Según la primicia o las buenas manos que tuviera, el herrero fabricaba sus propias herramientas que usaba para su oficio. El tiempo y las tradiciones han variado los utensilios y hoy tan sólo quedan algunas de aquellas. No obstante lo básico persiste y sobre ello recae el trabajo de su oficio. Un oficio que nunca ha necesitado demasiada infraestructura para llevarlo a cabo. Siempre se ha dicho que el oficio de herrero todo lo que necesita es algo donde calentar el metal, algo donde golpearlo y algo con qué golpearlo. En consecuencia sus necesidades para realizar el trabajo eran:

La forja, lugar donde el herrero aplicaba calor al hierro en la Fragua. Aquí iba manteniendo el fuego, echando más o menos leña o carbón en función del trabajo que tenía que realizar.

El fuelle, inmenso soplador que avivaba el fuego y el rescoldo de las ascuas para mantenerlas siempre vivas.

El yunque, es un bloque compacto de hierro. Con el tiempo ha sufrido algunas variaciones en cuanto a la forma, pero siempre acabado en punta para facilitar el forjado y para adaptar o sostener algunas herramientas de formas un tanto especiales.

El martillo, más de uno, que podía ser de bola o de cuña.

Las tenazas, usadas para agarrar el hierro incandescente. También utilizaba más de una y variaba en la forma y el tamaño.

Los moldes eran los instrumentos que tenía el herrero para dar forma al metal. Se calentaban de modo que el metal se derretía y salía a través de las aberturas marcadas en el molde. Por los orificios se introducía el metal fundido de manera que al enfriarse podía romperse el molde y se reproducía la forma deseada. Pero no era habitual en el trabajo, y menos diario, del herrero del pueblo, excepto las cotidianas herraduras, rejas y quizá algún otro utensilio excepcional que como queda dicho todo dependía de las manos que tuviera. De todo ha pasado por la Fragua del pueblo.  

En Quintanilla, el herrero tenía su trabajo en la Fragua de la Poza, que acaba de ser restaurada recientemente como patrimonio etnológico. En ella han venido ocupando su tiempo algunas personas con oficio consabido, otras no tanto, que se ocupaban de hacer las rejas, las herraduras, otro tipo de herramientas, utensilios de cocina y algunos otros de diversa índole, como podían ser romanas grandes o pequeñas. De todas las tareas, la más habitual era la de “sacar boca a las rejas”, es decir añadir un trozo de hierro a la punta cuando estaba ya muy desgastada. Otro de los trabajos que más tiempo le ocupaba era el de herrar a las caballerías: ponerle calzado nuevo y hacerle un poco la manicura a la pezuña para que caminasen con más placer por los dificultosos caminos y por las tierras de labor.

Al herrero se le ajustaba anualmente sólo para realizar el trabajo de “sacar boca a las rejas” y se le pagaba en grano, normalmente trigo o cebada. Cada usuario sufragaba su parte. El resto de los trabajos quedaban a merced del coste que el herrero pedía por ello, no solía hablarse de una cantidad estipulada. Teniendo en cuenta que el dinero apenas se dejaba ver, lo normal era que se llegase a un acuerdo en cuanto a la forma y manera de cobrar el trabajo prestado. No era extraño que el cobro fuese una merienda en la bodega, una cantidad de vino, hacerle alguna labor de sembradura, o buenamente lo que uno pudiera y el otro necesitara. Más que de dinero casi se trataba de trueque. Ciertos servicios eran gratuitos, como por ejemplo afilar, pero a veces se le premiaba con alguna cosilla que necesitara. Eran más bien un pacto entre las partes en base a la situación en que se encontraran y la necesidad que más apremiara.

 

 

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